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domingo, 8 de noviembre de 2026

¿Y SI PUDIERAS SABER CUÁNTO TIEMPO LE QUEDA A CADA PERSONA QUE CONOCES? UNA HISTORIA SOBRE LA VIDA Y EL TIEMPO

STHDMETAL — THE ANGEL OF NOISE
HISTORIAS · CAPÍTULO 4

¿Y SI PUDIERAS SABER CUÁNTO TIEMPO LE QUEDA A CADA PERSONA QUE CONOCES?

Imagina que, desde mañana, cada persona que miras tiene sobre su cabeza una cuenta atrás que solamente tú puedes ver.

La primera vez que Marcos vio los números pensó que estaba sufriendo una migraña.

Estaba en una cafetería, esperando su café de cada mañana, cuando levantó la mirada y vio algo extraño sobre la cabeza del hombre que estaba sentado junto a la ventana.

Unos números rojos flotaban en el aire.

18 AÑOS · 204 DÍAS

Parpadeó. Se frotó los ojos. Volvió a mirar.

Los números seguían allí.

Miró a la camarera.

42 AÑOS · 17 DÍAS

Después al anciano que leía el periódico.

00 AÑOS · 00 DÍAS

Marcos se levantó tan deprisa que derribó la silla. Salió a la calle sin recoger el café.

No sabía qué estaba viendo. Pero algo dentro de él le decía que aquellos números no eran una broma.

EL PRIMER DÍA

Durante las siguientes horas intentó convencerse de que todo era una alucinación. Sin embargo, cada persona que encontraba tenía una cifra distinta sobre su cabeza.

Un niño llevaba más de setenta años. Un hombre de traje, apenas unos meses. Una mujer que paseaba a su perro tenía décadas por delante.

Y entonces comprendió lo que significaban.

No eran fechas de nacimiento. No eran edades. Eran cuentas atrás.

El tiempo que le quedaba a cada persona.

Marcos pasó la noche sin dormir. Al día siguiente decidió comprobarlo. Fue al hospital donde trabajaba su hermana Laura y la encontró saliendo de su turno.

Sobre su cabeza aparecía una cifra que le heló la sangre.

31 AÑOS · 112 DÍAS

Respiró aliviado. Después sintió vergüenza por haberse alegrado de que su hermana tuviera todavía tanto tiempo.

Pero la alegría duró poco.

Al mirar a un paciente que esperaba en una silla de ruedas, vio algo completamente distinto.

00 AÑOS · 00 DÍAS · 03:17:42

Marcos se quedó inmóvil.

El hombre estaba acompañado por una mujer mayor. Hablaban tranquilamente. Ella le sujetaba la mano.

Marcos quiso avisar a alguien. ¿Qué podía decir? ¿Que había visto un reloj invisible sobre la cabeza de un desconocido?

Se acercó a Laura, pero cuando volvió a mirar, los números habían desaparecido.

El hombre había cerrado los ojos.

La mujer comenzó a llorar.

Marcos entendió que aquello era real.

EL PESO DE SABERLO TODO

Los días siguientes fueron una tortura.

Ya no podía mirar a nadie sin pensar en su final. Los desconocidos dejaron de ser desconocidos: eran personas con una cantidad de tiempo que Marcos conocía, aunque ellas no.

Dejó de coger el autobús porque no soportaba ver las cifras de todos los pasajeros. Evitaba los parques, los hospitales y las estaciones.

Empezó a odiar los cumpleaños. Cada vela apagada le recordaba que el reloj seguía avanzando.

Lo peor llegó cuando vio a una pareja discutiendo en plena calle. Sobre ambos flotaban números diferentes.

Ella tenía décadas por delante.

Él, apenas unos días.

Marcos quiso detenerlos. Quiso gritarles que no desperdiciaran aquel momento. Que se abrazaran. Que dejaran de discutir por cosas que mañana quizá ya no importaran.

Pero no dijo nada.

¿Quién era él para intervenir en la vida de los demás?

Reloj de arena, símbolo del tiempo que transcurre
CADA SEGUNDO QUE PASA NO REGRESA.
Fotografía: John Morgan · Wikimedia Commons · CC BY 2.0

EL NÚMERO QUE NO QUERÍA VER

Una tarde decidió visitar a su madre.

Hacía semanas que no iba. Siempre encontraba una excusa: trabajo, cansancio, compromisos. Su madre nunca se quejaba. Siempre terminaba diciendo lo mismo:

—No te preocupes, hijo. Ya vendrás cuando puedas.

Al abrir la puerta, Marcos la encontró en la cocina, preparando café.

Le sonrió como siempre.

Y entonces miró por encima de su cabeza.

00 AÑOS · 019 DÍAS · 08:41:06

El mundo se detuvo.

Diecinueve días.

Menos de tres semanas.

Marcos sintió que le faltaba el aire. Quiso abrazarla, pero no pudo moverse. Ella se acercó y le tocó la cara.

—¿Qué te pasa? Tienes mala cara.

Él rompió a llorar.

No le contó lo que veía. No podía. ¿Cómo iba a decirle a su madre que conocía el tiempo que le quedaba?

Durante los días siguientes dejó de trabajar horas extras. Canceló compromisos. Aprendió a preparar el café como a ella le gustaba. Escuchó historias que ya había oído cientos de veces.

Una tarde fueron a caminar. Otra, cocinaron juntos. Una noche se quedaron hablando hasta muy tarde, recordando a su padre.

Marcos descubrió algo que había olvidado: su madre no necesitaba grandes regalos. Solo quería compartir tiempo con él.

Y él había estado convencido de que siempre habría otro día.

LA ÚLTIMA MAÑANA

El día diecinueve llegó demasiado pronto.

Marcos despertó antes del amanecer y fue a casa de su madre. La encontró sentada junto a la ventana, contemplando cómo empezaba a iluminarse la calle.

Sobre su cabeza, los números seguían allí.

00:00:12:08:31

Marcos se sentó a su lado.

—¿Te acuerdas de cuando me llevabas al colegio? —preguntó ella.

Él sonrió entre lágrimas.

—Claro que me acuerdo.

—Siempre ibas corriendo. Nunca querías llegar tarde.

—Y tú siempre me decías que había tiempo.

Su madre le apretó la mano.

—Lo había, hijo. Lo había.

Marcos bajó la cabeza.

Los números continuaban descendiendo.

Hablaron de cosas sencillas. De la comida del domingo. De una fotografía antigua. De las vacaciones junto al mar. De personas que ya no estaban.

Cuando llegó el momento, su madre apoyó la cabeza en su hombro.

—Me alegro de que hoy estés aquí.

Marcos cerró los ojos.

El reloj llegó a cero.

No hubo una luz. No hubo un sonido. No apareció ninguna señal extraordinaria.

Solo silencio.

Y una mano que dejó de apretar la suya.

Marcos permaneció sentado junto a ella durante mucho tiempo.

Por primera vez desde que había comenzado a ver aquellas cifras, no miró ningún reloj.

EL ÚLTIMO DESCUBRIMIENTO

Pasaron varias semanas.

Marcos volvió poco a poco a su vida. Seguía viendo las cuentas atrás sobre las personas, pero había aprendido a no dejar que cada número decidiera por él.

Una mañana, mientras caminaba por una estación, vio a una niña que abrazaba a su padre antes de subir a un tren.

Sobre la cabeza del hombre había una cifra de muchos años.

Sobre la niña, otra todavía mayor.

Pero lo que llamó su atención fue algo distinto.

Por primera vez, Marcos levantó la mirada hacia un cristal y se vio reflejado.

Sobre su propia cabeza no había ningún número.

Ni años. Ni días. Ni segundos.

Nada.

Entonces comprendió que aquel don nunca le había permitido conocer su propio final.

Quizá había una razón.

Tal vez, si también supiera cuánto tiempo le quedaba, dejaría de vivir para empezar a contar.

Miró de nuevo a la niña. Ella corría hacia su padre, riéndose, sin saber nada del tiempo que pasaba.

Y Marcos entendió que aquella era la única libertad que todavía conservaba el ser humano: vivir sin conocer el último segundo.

No podemos regalarle más tiempo a quienes amamos. Pero sí podemos dejar de robarles el que todavía tenemos con ellos.
Silueta de una persona en una estación ferroviaria
NO SABEMOS CUÁNDO SERÁ EL ÚLTIMO ADIÓS.
Fotografía: JJ Ying · Wikimedia Commons · CC0 1.0
FIN DEL CAPÍTULO 4

El tiempo no avisa. No espera. No vuelve.

Quizá la pregunta nunca fue cuánto nos queda… sino qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.

STHDMETAL — THE ANGEL OF NOISE
EL ÁNGEL DEL RUIDO
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