Los años de formación del Sunset Strip nunca decepcionan cuando los verdaderos protagonistas de la escena deciden contar lo que pasaba lejos de los focos. Todo arrancó a finales de los setenta, cuando un Pearcy empeñado en ver al fenómeno local llamado Van Halen decidió saltarse los filtros de seguridad en el Whisky a Go Go. Con los bolsillos llenos de marihuana, interceptó a Diamond Dave en las escaleras del backstage soltándole una oferta directa: "¿Quieres fumar un porro?". El pase funcionó en el acto, abriéndole la puerta para conocer a Eddie y forjar una amistad basada en el volumen y el descaro.
A mediados de los ochenta, esa afinidad los convirtió en vecinos. Eddie vivía en la parte alta de la colina y bajaba en su moto hasta la conocida White House de Pearcy. Muchas veces el recorrido no tenía ningún propósito musical; simplemente se colaba en la cocina para agarrar vodka de la nevera y esconderse un rato de la vigilancia de Valerie Bertinelli, dejando a los cuidadores de la propiedad alucinando al ver al icono de las seis cuerdas mendigando refugio y bebida a deshoras.
Pero el misticismo del estrellato angelino se desmonta por completo con la anécdota de la trastienda del mítico Rainbow Bar & Grill. En la zona más reservada, Pearcy se encontró sentado a la misma mesa con Ozzy Osbourne y David Lee Roth. Cualquier aficionado apostaría el sueldo a que estaban consumiendo sustancias innombrables y montando un escándalo, pero la realidad paralela fue que las tres deidades del desmadre pasaron la noche entera debatiendo sobre ropa y estilos de vocalistas. Ni chicas, ni narcóticos. Solo tres divos analizando trapitos.
Esa misma estética visual tiene un origen mucho más terrenal del que nos han querido vender. El clásico look de prendas destrozadas y telas rasgadas que definió la escena no fue una decisión de diseño de lujo. Ratt no tenía fondos para costearse un vestuario profesional, así que recurrían a tiendas de segunda mano para triturar sus propias camisetas, creando accidentalmente una tendencia de pobreza estilizada que hasta la propia Madonna terminaría imitando poco después.
El nivel de desenfreno alcanzó su punto álgido durante el mastodóntico US Festival del 83. Pearcy y su guitarrista Robbin Crosby tuvieron que reptar por un túnel de tierra en pleno recinto para poder llegar sanos y salvos a la mesa de sonido y ver el set de Van Halen. El esfuerzo valió la pena, culminando en una fiesta de backstage tan pasada de vueltas que Pearcy admite abiertamente tener el recuerdo totalmente borrado a día de hoy.
El vocalista también aprovechó el micrófono para mandar a pastar a los críticos modernos que exigen que los pioneros del género mantengan las cuerdas vocales intactas cuatro décadas después. Para Pearcy, ver a estos tíos subidos a las tablas no es un ejercicio de nostalgia técnica, sino una actitud festiva; salen de gira para pasarlo bien, no para aprobar un examen de conservatorio. Mientras sigue defendiendo esa filosofía sin importarle las opiniones ajenas, el cantante remata las mezclas de su nuevo trabajo en solitario, The Dog Mob, que soltará de su correa este mismo otoño.
Si te escandaliza que tus ídolos ya no lleguen a las notas altas de hace cuarenta años, quédate en el sofá llorándole a tus vinilos y deja que los demás nos sigamos bebiendo las barras.