Bajo la fachada de un simple clip de audio, la transmisión nos sumerge de lleno en una caótica sesión promocional. Allí, Evan Stanley y Nick Simmons, los herederos de las leyendas de KISS, atienden a sus incondicionales tras el reciente lanzamiento de su debut discográfico, Dancing While the World Is Ending.
Lo verdaderamente impagable ocurre en un instante fugaz del vídeo, cuando la inconfundible figura del mismísimo Gene Simmons irrumpe caminando tranquilamente por el fondo del local. Luciendo sus inseparables gafas oscuras y una camisa negra rematada con un cráneo y rosas rojas, la leyenda del rock parece supervisar el negocio familiar en la sombra. Mientras tanto, en primer plano, su hijo Nick —enfundado en una llamativa camiseta amarilla con la leyenda Where the Hell is Trinity N.Y.?— despacha saludos animadamente junto a un sonriente Evan.
El ambiente destila esa camaradería relajada y algo exhausta, propia de quienes llevan horas lidiando con el público. Es en este espacio de confianza donde los músicos acaban soltando perlas sin filtro, revelando, por ejemplo, que Jesse, líder de The Framers, se coló de figurante en el videoclip de su single "Cellophane".
Entre garabatos apresurados sobre los vinilos y quejas por el picor del protector solar en los ojos, las charlas con los asistentes derivan hacia terrenos completamente surrealistas. El espigado Nick, que supera holgadamente los dos metros de estatura, acaba enredado con un oyente debatiendo sobre la existencia de fiestas clandestinas en Santa Bárbara exclusivas para gente de proporciones gigantescas; un extravagante club social donde medir más de un metro noventa y ocho es el requisito mínimo para cruzar la puerta.
La lente indiscreta también capta a Jack Hackett, el realizador visual del proyecto, aunque las mejores burlas amistosas se las lleva el encargado de las baquetas. Resulta que Kyle, el baterista recién importado de Newcastle, tiene un acento británico tan espeso que pronuncia la palabra "película" (film) como si estuviera pidiendo queso de Filadelfia (Philly), un desliz fonético que trae de cabeza a sus propios compañeros de banda.
Sobrevivir al peso de un linaje tan ilustre y a una aglomeración interminable de fanáticos exige bastante aguante. Pero si encima tu propio padre se dedica a rondar por tu evento promocional como un espectro del rock and roll, más te vale mantener la sonrisa, fingir interés en las rarezas de tu público y asegurarte de que la tinta del rotulador nunca se acabe.