EL COLORADO PLANTA SU LEYENDA EN LA TERRETA SIN PEDIR PERMISO NI PERDÓN
Dave Mustaine se plantó en el Roig Arena de Valencia con más peligro que un nublado y demostró que el que tuvo, retuvo, y el que no, que se quite del medio. El tito Mustaine no vino a pasear los galones ni a dar palmaditas en la espalda; montó un festival de precisión que aquello parecía una fábrica de relojes suizos, dejando claro desde el primer guitarrazo que la edad es solo un número cuando se tiene esa mala uva tan bien administrada y un arte que no se puede aguantar.
UNA MAQUINARIA SUIZA QUE DEJA LOS DIENTES LARGOS A LOS MODERNOS
La que se lió en el pabellón valenciano fue menuda, un no parar de composiciones enrevesadas que entraban directas al pecho con la fuerza de un camión sin frenos. El colorado, que venía con el cuchillo entre los dientes y una cuadrilla que toca que da pánico, manejó el cotarro a su antojo, metiéndose al respetable en el bolsillo sin necesidad de decir tres palabras seguidas, porque allí se iba a lo que se iba. Cada clásico que caía era un bofetón de realidad, ejecutado con una limpieza tan insultante que se escuchaba hasta el más mínimo detalle entre el griterío de una afición que estaba entregada de pies a manos, sudando la camiseta como si les fuera la vida en ello. Se dejaron de pamplinas y de fuegos artificiales para centrarse en lo importante: dar una lección de categoría instrumental y velocidad de esa que te deja con la boca abierta y los ojos vueltos.
EL MOMENTO ENTRE BAMBALINAS QUE SÓLO UNOS POCOS PUDIERON ATRACOPAR
Detrás del escenario se vivió el verdadero detalle de pureza de la noche, lejos de los focos y de la soberbia que el pelirrojo muestra ante la masa. Minutos antes de colgarse la guitarra, Mustaine estuvo repasando los planos acústicos del recinto con el técnico de sonido local, obsesionado con que el eco del techado nuevo no emborronara ni una sola de sus notas; un gesto de profesional de la vieja escuela que demuestra que su aparente pasotismo es pura fachada de cara a la galería. Mientras la banda afinaba en el camerino con una tranquilidad pasmosa, el líder controlaba cada frecuencia como si le fuera la vida en el primer acorde.
UN CIERRE CON LA SONRISILLA DEL QUE SE SABE DUEÑO Y SEÑOR DEL NEGOCIO
Cuando aquello enfiló la recta final con los himnos de bandera, el recinto entero era un hervidero de pura adrenalina, un clamor de los que hacen que te tiemblen las canillas del gusto. El jefe supremo del invento cerró el chiringuito con una sonrisilla de suficiencia, dejando el pabellón tiritando y demostrando que, por más que pasen los años, al que es un fuera de serie hay que guardarle el respeto y quitarse el sombrero, porque vaya tela cómo gasta el personal.
