Ross Halfin, el sujeto que ha quemado más carretes que cualquier paparazzi de alfombra roja, aterriza en Melbourne para restregarnos por la cara lo que de verdad significa ser una estrella de los Black Crowes. Su nombre es una institución absoluta: ha puesto el ojo donde otros no se atreven con Metallica, Iron Maiden, AC/DC, Black Sabbath, Led Zeppelin y prácticamente cualquier banda legendaria que haya tenido el valor de ponerse frente a su lente. Ahora, la muestra que se despliega en Collingwood funciona como un setlist visual de momentos donde el glamour brilla por su ausencia y lo que queda es la pura esencia del asfalto. Olvidaos de los filtros de porcelana; aquí venimos a ver la distorsión granulada de la vida real entre bambalinas.
El evento abre sus puertas el 1 de abril en Langridge Street, convirtiéndose en el backstage oficial para los fans antes de los conciertos. Es una oportunidad de oro para contemplar fotos que capturan ese cansancio magnético, donde subir los pies a la mesa con las plantas negras de mugre es el mayor gesto de insumisión estética posible. Halfin no hace retratos, hace biopsias de la actitud de una banda que siempre prefirió el blues sucio a las luces de neón.
Si estás por la zona entre el 1 y el 5 de abril, es una cita obligatoria para cualquier melómano de pura cepa. No es solo una galería; es un amplificador a válvulas visual que te cuenta la historia de una banda que nunca supo lo que era pasar por el túnel de lavado. Es el rock contado desde el suelo, sin trampa ni cartón, y con ese aroma a furgoneta que ningún ambientador puede ocultar.
Hay fotógrafos que buscan el ángulo perfecto y otros que simplemente esperan a que el músico esté lo suficientemente derrotado como para que la imagen huela a tabaco y carretera.
En un mundo de retoques digitales, nada golpea más fuerte que la honestidad de una planta del pie que no ha visto un calcetín en tres estados.