Sharon Osbourne ha dicho basta. La jefa del clan ha colgado el cartel de "se vende" en la joya de la corona de Hancock Park, la mansión donde el mismísimo Ozzy pasó sus últimos años entre lujos y esa calma tensa que solo tienen las leyendas. Si tienes 17 millones de dólares quemándote en el bolsillo, puedes quedarte con este búnker de 11.500 pies cuadrados donde los Osbourne se atrincheraron para alejarse del ruido, aunque ahora Sharon prefiera los aires de la campiña inglesa y dejar atrás los fantasmas de California.
La choza no es un chalet cualquiera de urbanización barata. Es una pieza de 1929 con más historia que muchas discográficas, con muros altos para que ningún vecino cotilla vea si vas en pijama o si el Madman se levantaba con el pie izquierdo. Por dentro, la movida es de otro nivel: seis dormitorios y once baños para que no tengas que esperar cola ni en tus peores resacas, una sala de cine que ya quisiera más de un festival y una biblioteca de madera noble que huele a clase y a negocios cerrados con un apretón de manos y un fajo de billetes.
Sharon ya intentó deshacerse de este "caramelito" hace un par de años, pero con Ozzy en horas bajas, decidieron quedarse quietos en el nido. Ahora, con el sitio ya vacío de trastos y lleno de ecos de rock and roll, la operación es definitiva. Es una propiedad para quien quiera fardar de glamour callejero de alta cuna, con una piscina de mosaicos de artesano donde seguro que más de un invitado ilustre terminó la noche de la peor manera posible.
Se acaba una era en el 501 de Hudson Ave. Los camiones han volado, el gato ya no maúlla en el jardín y solo queda el eco de la voz de Sharon mandando a todo el mundo a paseo. Si quieres dormir donde el Príncipe de las Tinieblas roncaba y tienes la cuenta corriente de un jeque, ya sabes a quién llamar, porque esto no va a durar ni un asalto en el escaparate.
Pilla el dinero y corre, que el último que cierre la puerta se queda con la factura del jardinero.
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