BRUCE KULICK
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BRUCE KULICK
Bruce Kulick, el legendario hacha que mantuvo a flote la identidad sonora de los neoyorquinos más famosos del maquillaje durante más de una década, atraviesa ahora una de sus pruebas más personales frente al espejo: la reconstrucción de su propio motor interno. Tras una intervención cardíaca de envergadura, el músico ha mostrado sin tapujos la cicatriz que recorre su pecho y el dispositivo ortopédico que debe portar las 24 horas del día para evitar que su esternón salte por los aires durante la soldadura ósea.
En la imagen Screenshot_5.jpg se aprecia la realidad cruda de un postoperatorio que no entiende de estatus de estrella de rock: una faja blanca, rígida y funcional que aprieta el torso del guitarrista para garantizar una curación adecuada. Kulick, tirando de ese humor socarrón que siempre le ha caracterizado, ha llegado a comparar este ceñidor clínico con los corsés femeninos, admitiendo que la incomodidad es una constante en esta cuarta semana de recuperación. Sin embargo, la disciplina que lo llevó a dominar las seis cuerdas la aplica ahora a su salud, manteniéndose firme en este proceso de rehabilitación 24/7.
Hablamos del hombre que entró en la familia de la lengua larga en 1984, justo cuando la banda decidió quitarse las máscaras y necesitaba un músico de verdad, no solo un personaje. Bruce no solo cumplió, sino que definió la era del hard rock melódico con su participación en joyas como Asylum, Crazy Nights o el aclamado Revenge. Su habilidad para equilibrar la técnica virtuosa con un gusto exquisito por la melodía lo convirtió en el miembro más estable y respetado de esa formación durante doce años ininterrumpidos.
Antes de codearse con los gigantes, ya había demostrado su valía junto a Meat Loaf y en el proyecto Blackjack junto a un joven Michael Bolton. Tras su salida del circo ambulante de Nueva York, aportó su elegancia a Grand Funk Railroad, consolidando un currículum envidiable. Hoy, lejos de los focos y los grandes escenarios, el mayor reto de este neoyorquino es dejar que los puntos cierren y que el hueso suelde bajo esa faja, demostrando que incluso los héroes de la guitarra tienen un motor que, de vez en cuando, necesita una visita obligatoria al taller.
Parece que el corsé aprieta, pero para un tipo que sobrevivió a los ochenta sin perder la cordura ni el talento, esto no es más que un solo un poco más largo de lo habitual.