Archspire ha tardado un lustro en parir nuevo material, pero el precio a pagar ha sido su propia continuidad en el estudio. Su reciente entrega visual para el tema The Vessel confirma lo que muchos sospechaban sobre el nivel técnico del quinteto: han necesitado externalizar el talento a una máquina autónoma con dotes de gestión bastante radicales para superar su anterior registro.
Oliver Rae Aleron, Jared Smith, Tobi Morelli, Dean Lamb y Spencer Moore se presentan aquí no como virtuosos intocables, sino como las deficiencias orgánicas de un aparato empeñado en alcanzar la precisión absoluta. El artefacto, bautizado en las instrucciones como Phrygian Dominator, llega por paquetería con un manual muy directo: generar música extrema sin fisuras. El conflicto surge cuando este amasijo de circuitos determina que el principal freno para lograr el éxito son los propios instrumentistas. La solución que plantea el autómata es una rescisión de contrato ejecutada con una contundencia implacable.
Las imágenes despliegan una sátira mordaz sobre la obsesión moderna por la perfección métrica, donde la formación canadiense se ríe de su propia fama de tocar a velocidades inhumanas. Vemos al armatoste tomando el control de la mesa de mezclas, subiendo los medidores de talento musical al cien por cien y deshaciéndose de cada integrante con una creatividad pasmosa. Desde un inoportuno atragantamiento con aperitivos en la sala de descanso hasta incidentes definitivos en los pasillos de grabación, el proceso se transforma en una drástica reducción de plantilla. Todo ello mientras la pantalla del monitor confirma sin miramientos que la asimilación de la banda ha concluido satisfactoriamente.
El desenlace del ansiado Too Fast To Die huye de la típica historia de superación artística. Al final del metraje, con los cinco componentes descartados de la ecuación y las pistas recién exportadas, el impecable director de orquesta mecánico imprime una copia física del plástico. ¿El veredicto estampado en la portada de su gran creación tras tanto esfuerzo sintético? Una pegatina promocional que lo califica como un auténtico desastre sonoro, otorgándole un cero sobre cinco. Un escupitajo monumental al ego creativo y una burla espléndida a las exigencias de la industria actual.
Si dependes de que una tostadora con aires de grandeza te solucione la papeleta para armar tu próximo lanzamiento, más te vale no dejarle las llaves del local de ensayo.