Tres fallecimientos y un solo médico a bordo enfrentando un brote de hantavirus que mantiene a todos al límite.
La embarcación Hondus, que normalmente realiza travesías de diez días, se ha convertido en una ratonera flotante durante seis semanas. Ocho personas han caído enfermas bajo la sospecha o confirmación del contagio mientras navegan. El escenario parece sacado de un concierto con el volumen al máximo y el equipo fallando en pleno directo.
En el centro de esta tormenta se encuentra un solitario facultativo. Sin personal de apoyo y con apenas dos literas en la enfermería, su labor es poco menos que un milagro contra reloj. Los medicamentos a bordo son limitados y la tensión psicológica resulta abrumadora, especialmente cuando las naciones cercanas cierran sus puertas por miedo a la expansión del patógeno.
Las pérdidas humanas han dejado un ambiente espeso y asfixiante. La soledad del experto sanitario se nota en cada decisión, consciente de que cualquier error puede desatar una crisis incontrolable. El aislamiento en alta mar añade un grado de paranoia que no deja dormir a la tripulación.
Al final, pasear en barco ya no parece tan idílico cuando el camarote de al lado se convierte en zona de cuarentena y estás solo ante el peligro.



