Bruce Dickinson<
La pieza de museo que tiene encima no es un cacharro cualquiera; es la joya de la corona de la ingeniería de precisión, esa que tiene las alas curvas más famosas de la historia y que a Bruce le vuelven más loco que un solo de bajo. Se nota que el tío disfruta más en un aeródromo que un niño con un paquete de kikos, porque se conoce cada tornillo de esos motores Rolls-Royce como si los hubiera fabricado él mismo en el patio de su casa. Nada de postureo barato de alfombra roja; aquí hay aceite de motor, historia pura y un respeto por los mandos que solo un piloto de verdad sabe valorar cuando se pone frente a frente con una leyenda del aire.
Lo de Northolt, que se lee en la placa donde ha hincado la rodilla, es un guiño a la solera de la aviación, y Bruce no pierde la oportunidad de sacar pecho por la herencia mecánica que tanto le flipa. El hombre que se ha recorrido el planeta entero a los mandos del Ed Force One sabe que para entender lo que es volar de verdad, hay que mirar a estos pequeños gigantes de metal que no tenían ni GPS ni historias. Es un tipo con clase, que prefiere el olor a queroseno de los museos antes que las luces de neón, dejando claro que su motor interno no necesita pasar la ITV porque va sobrado de potencia.
Si te creías que el señor Dickinson se iba a quedar en casa haciendo punto de cruz, vas listo; el tío sigue con el depósito lleno y ganas de dar mucha guerra, aunque sea admirando fuselajes de otros tiempos con esa cara de satisfacción de quien sabe que, en el fondo, sigue siendo el rey de la pista.
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