El batesman de Poison, Rikki Rockett, ha decidido exponer la fauna que habita en las profundidades de sus redes sociales compartiendo el delirante mensaje de un usuario que, además de cuestionar la calidad de la banda desde su debut, asegura haber adquirido un par de puños americanos de latón para estrenarlos con el músico. Es el pan de cada día en el ecosistema digital: personajes que confunden la crítica musical con el delito de amenazas mientras sueltan carcajadas virtuales en mayúsculas.
Rockett, con la piel ya curtida tras décadas de exposición pública, se toma con una mezcla de ironía y desprecio estos intentos de intimidación que parecen sacados de un guion de serie B. Mientras la banda sigue siendo un referente del glam metal que llena recintos, este tipo de perfiles anónimos prefieren fantasear con la violencia física ante la imposibilidad de asimilar un legado que, guste o no, definió la estética de una generación entera.
Lo más llamativo no es el odio visceral hacia canciones como Every Rose Has Its Thorn, sino el esfuerzo logístico de alguien que afirma comprar armamento prohibido solo para intentar amedrentar a un tipo que se dedica a aporrear parches y platos. Al final, estos comentarios solo consiguen que el resto del mundo se pregunte en qué momento el fanatismo —o el odio— se convirtió en una patología de manual digna de estudio.
Si este es el nivel de la competencia, a Rikki le basta con seguir sonriendo tras la batería.
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