Glenn Hughes es el último hombre en pie capaz de aullar los himnos de Deep Purple sin que se le caigan los anillos ni la garganta, y ahora se junta con The Dead Daisies para un ritual de nostalgia y salud mental que huele a azufre y redención.
La noticia no es solo el concierto en el Arcada Theatre de Chicago este 30 de mayo; la verdadera bomba es que Glenn Hughes
ha decidido abrir el baúl de los recuerdos más oscuros. Reconoce sin rodeos que es el único superviviente de las etapas Mark III y IV de Deep Purple que sigue ahí fuera, defendiendo temas como Burn o Mistreated. Dice que siente el peso de ser el "último hombre en pie" para cantar ese legado, una responsabilidad que le obliga a calentar la voz desde el desayuno, esté o no de gira. Lo más perturbador de la charla surge cuando Hughes se pone metafísico y habla de "la voz en su cabeza". No es una metáfora artística: el tipo confiesa que esa voz le da la tabarra todo el día y que ha tenido que bautizarla como "Tim" o "Bill" para poder decirle que se calle y que no es real. Un ejercicio de supervivencia psicológica para no acabar como otros tantos que se dejaron arrastrar por el ruido mental hacia el abismo.El morbo histórico también tuvo su cuota. Hughes recordó cómo se grabó Burn en el calabozo de un castillo del siglo XV, un ambiente de cripta que parece haber impregnado su ADN para siempre. Y por si faltaba pimienta, Doug Aldrich soltó una anécdota de esas que no salen en las biografías oficiales: en sus inicios, el legendario y temido mánager Don Arden (el suegro de Ozzy) les rechazó tras una audición soltando un "sois muy buenos, pero no sois lo suficientemente malvados". Esa obsesión por la oscuridad es la que ha perseguido a estas leyendas durante décadas, incluso cuando Hughes grabó con Tony Iommi lo que iba a ser un disco solista y acabó convertido por sorpresa en un álbum de Black Sabbath por decisión del propio Arden mientras se fumaba un puro.
La realidad detrás del escenario es menos glamurosa pero más cruda. Doug Aldrich
confesó haber superado un cáncer de garganta hace un par de años, una experiencia que le ha enseñado que la vida no ofrece garantías y que hay que exprimir cada nota como si fuera la última. Entre risas sobre los fantasmas del teatro y las albóndigas del dueño del local, la entrevista destiló una verdad incómoda: estos tipos no tocan por inercia, sino para mantener a raya a sus propios demonios. No hay trucos, no hay retoques en sus directos; es rock crudo, grabado directamente de la mesa de mezclas, sin filtros que oculten las cicatrices de una vida dedicada al exceso y la excelencia.Si vas a Chicago buscando un espectáculo de manual, te equivocas; esto es una purga colectiva liderada por un tipo que habla con sus voces internas y otro que le ganó el pulso a la enfermedad.
Vive cada día como si fuera el último, porque en el rock, como en la vida, nadie sale vivo de aquí.


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