La capital británica ha temblado esta semana no por el clima, sino por el desfile de estrellas que acudieron a la gran pantalla para celebrar la historia de una de las formaciones más influyentes del rock. "Iron Maiden: Burning Ambition" llega a las salas de cine de todo el mundo para repasar cinco décadas de puro músculo melódico, reuniendo a nombres inesperados y testimonios tan dispares como el actor Javier Bardem o el mismísimo Lars Ulrich. El estreno en Londres ha sido el pistoletazo de salida para una película que promete mostrar el ascenso de los británicos desde los sucios pubs del este londinense hasta abarrotar estadios gigantescos en el planeta entero, sin pedir permiso ni perdón a la industria de turno.
Lejos de querer controlar cada palabra que se dice sobre ellos, los miembros de la formación han preferido mantener una distancia prudencial respecto a la dirección del proyecto. Según ha dejado caer el mismísimo Bruce Dickinson, la idea era evitar que el metraje se convirtiera en un folleto corporativo soporífero de diez horas en el que hasta el apuntador perdiera las ganas de vivir. De esta forma, el director Malcolm Venville ha tenido vía libre para tejer un relato donde el sonido y la devoción de sus seguidores se llevan el protagonismo absoluto, mezclando material de archivo que huele a vinilo antiguo con secuencias animadas del icónico Eddie.
A lo largo del metraje, se hace evidente cómo la banda ha sobrevivido a todas las modas y tendencias del mercado musical sin ceder un milímetro en su visión artística. Desde la época del punk hasta los vaivenes de las modas pasajeras, los británicos siguieron su propio camino mientras el resto de la escena buscaba la aprobación de los guardianes del buen gusto. Lejos de las típicas sesiones de terapia emocional que abundan en otras producciones similares, este repaso prefiere dejar los dramas personales en el camerino y centrarse en las giras por países de la Europa del Este durante los ochenta y esa conexión inquebrantable con su legión de fieles. Es una oda al aguante y a demostrar que el metal no necesita pedir permiso para llenar recintos.
Al final, era cuestión de tiempo que el monstruo de la música reconociera quién manda de verdad.
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