El Metal Hall of Fame acaba de soltar el mazazo definitivo confirmando que Ross Friedman, el tipo que enseñó al mundo cómo debe sonar una guitarra con cojones, ha pasado a la posteridad. Ross no era un músico de conservatorio ni un figurín de revista; era el puto amo de las seis cuerdas, el embajador global de la distorsión que supo navegar entre el mugre de los garitos punk y los himnos épicos que hacen retumbar estadios enteros.
La noticia corre como la pólvora porque estamos hablando del fundador de The Dictators y Manowar, un tío que no pedía permiso para subir el volumen al once. A principios de este 2026, el bueno de Ross nos dio una lección de integridad al hacer pública su batalla contra la ELA. Lo afrontó como siempre hizo todo en su carrera: de frente, sin rodeos y con una honestidad que ya quisieran muchos. Su tono era inconfundible, un rugido que moldeó a generaciones de greñudos y punks que aprendieron que la actitud no se compra en una tienda de ropa.
Ross deja un vacío enorme, pero su legado es un bloque de granito que nadie va a mover. Desde los inicios crudos en Nueva York hasta el cuero y las tachuelas del heavy metal más puro, Friedman fue el pegamento que mantuvo unida la esencia del rock auténtico. Sus colegas de profesión y la peña que se ha dejado el cuello en sus conciertos saben que se ha ido un grande, un tipo respetado porque nunca vendió su alma por un puñado de dólares ni bajó la guardia ante las modas pasajeras.
Seguro que ahora mismo está montando un poyo monumental allá arriba porque el amplificador no escupe fuego suficiente.
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