Crofts no era un tipo cualquiera con un sombrero. Junto a Jim Seals, dio forma a un sonido que mezclaba el folk, el rock suave y unas armonías vocales que rozaban la perfección técnica, algo que hoy en día muchos intentan imitar con botones y trampas, pero que a ellos les salía de las entrañas. Se convirtieron en piezas clave de la escena setentera, facturando éxitos que se quedaron grabados en el ADN de la música popular, siempre con esa actitud profesional y directa que los diferenciaba de los grupos prefabricados de la época.
Lo que pocos cuentan es la exclusiva capacidad de Dash para fusionar su fe y su filosofía de vida con un virtuosismo musical que no aceptaba errores. No se trataba de hacer canciones bonitas; se trataba de ejecutar composiciones complejas con una precisión que dejaba en evidencia a los músicos de sesión más curtidos. Su legado no es solo una lista de éxitos en las listas de ventas, sino una lección de cómo mantener la integridad en una industria que suele devorar a quien no se vende al mejor postor.
La familia ha agradecido el apoyo global, pero lo cierto es que la música pierde a un artesano de los de antes, de los que sabían que el talento se suda y no se regala. Se va un grande que entendió que para elevar el espíritu de la audiencia primero había que dominar el mástil con mano de hierro.
Si alguien piensa que el rock suave era para gente blanda, es que nunca ha intentado tocar un mandolín como lo hacía este hombre sin que se le saltaran las cuerdas.
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