Ni rollos de despedidas fingidas ni el típico discurso de "este es mi mejor disco". Dave Mustaine se ha sentado frente al micro y ha soltado una de esas verdades que escuecen: ha mostrado una marca en su mano izquierda, la de los trastes, señalando que el desgaste físico es el que va a poner la fecha de caducidad. No es una estrategia de marketing; es la anatomía mandando un aviso. Dice que espera dar un par de vueltas más al mundo, pero que la movilidad de sus dedos es la que tiene la última palabra sobre el futuro de Megadeth.
Lo más auténtico ha sido cuando se ha bajado del pedestal de "estrella total". Ha confesado sin rodeos que no se considera un cantante de verdad. Se compara con tipos como Axl Rose o Brian Johnson por tener una voz que reconocería un sordo a tres kilómetros, pero tiene claro que su único don real es aporrear la guitarra. Si no tuviera las seis cuerdas colgando, no se subiría a un escenario a hacer carrera en solitario ni aunque le pagaran el peso de su equipo en oro.
¿Y cómo se montan los directos para no aburrir a las ovejas? El Colorado ha soltado el truco: su director de producción guarda bajo llave los setlists de cada ciudad de los últimos años. Antes de salir, chequean qué tocaron la última vez en ese sitio exacto para no repetir ni una sola secuencia. Si vas a verlos, no te vas a comer el mismo plato recalentado de la gira anterior porque analizan el pasado para que cada noche se sienta como algo que no habías visto.
Para los que se quedan con ganas de más, ha soltado que hay una versión de lujo del nuevo álbum cociéndose, con un orden de canciones distinto y un par de temas que nadie ha escuchado todavía porque se quedaron fuera del corte oficial. Nada de rellenos baratos, sino material que guardaron para cuando el cuerpo pidiera más leña.
Al final, Mustaine sigue siendo ese tipo que te dice las cosas a la cara: si quieres triunfar, deja de meter a tus colegas o a tu cuñado en la banda. Dice que rodearse de amigos que no saben tocar es el primer paso para acabar en el arroyo. Él prefiere rodearse de tíos que sepan lo que hacen, porque al final, si la mano aguanta, es para dar el mejor espectáculo posible y no para irse de barbacoa con los amigos.
El aviso está dado: la mano manda y el tiempo no perdona, ni siquiera al que inventó la mitad de lo que escuchamos hoy.
¡A ver cuánto nos duran esos dedos de acero!
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