Airbourne se ha liao la manta a la cabeza y ha soltado una carta escrita a mano pal tito Lemmy Kilmister, que en paz descanse el hombre entre cubatas de Jack Daniels, confesando que llevan seis años encerraos como si estuvieran haciendo oposiciones. Resulta que el jefe de Motörhead, que era más listo que el hambre, les soltó una verdad como un templo: que se dejen de pamplinas de la industria y de moderneces, que ellos tienen que hacer música que le mole a sus roadies. Porque, vamos a ver, si el que tiene que cargar con los bafles y aguantar el ensayo cuatrocientas veces no se pega un baile, es que el disco es un mojón de categoría.
Los australianos, que son más brutos que un arado, se tomaron el consejo a pecho y se han pegao un lustro largo haciendo "criba" de canciones, tirando cosas a la basura y volviendo a empezar de cero, buscando el "oro" entre tanto ruido. Se encerraron a cal y canto, bajando la persiana del garito para que nadie les molestara mientras buscaban ese sonido que te vuela la peluca de un plumazo. Al final, han tenido que venir Mutt Lange y el Bryan Adams a echarles una mano con la artillería pesada para que el invento terminara de cuajar, que ya estaba la cosa tardando más que una obra del Ayuntamiento.
El resultado de tanto sofocón y tanta filosofía de barra de bar es "Alive After Death (Last Plane Out)", un tema que suena a gloria bendita y que demuestra que estos chavales han preferido gastarse las suelas antes que venderle el alma al diablo de las modas. Han seguido el manual del tito Lemmy al pie de la letra: si los tíos que montan el escenario no te tiran un botellazo, es que la canción es buena de verdad.
Ya era hora de que salieran de la cueva, que ya tenían que oler a tigre de tanto encierro, pero viendo cómo suena la cosa, se les perdona hasta el retraso.
Si a los que cargan las furgonetas les mola el ritmo, es que el disco está más apretao que los remaches de un submarino.
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