Kirk Hammett no empezó en esto rodeado de groupies; el tío de crío arrastraba una guitarra de juguete de The Monkees por los pasillos hasta que el plástico no dio más de sí. En su casa sonaba ópera y jazz, un rollo muy culto que a Kirk se la sudaba bastante hasta que vio a su primo haciendo el canelo encima de una mesa al ritmo de los Beatles. Pero el verdadero viaje de ácido visual fue abrir el estuche de la Gibson SG de su hermano: el chaval se quedó flipando con la moqueta roja del interior, ni que fuera un club de alterne. Un día, cuando nadie miraba, la enchufó, soltó un cebollazo y se pegó tal susto con el ruido que casi se caga encima. Ahí supo que eso de atronar al personal era lo suyo.
La carrera de este fenómeno empezó con más parches que una chaqueta de motero. Hacía air guitar con raquetas de tenis hasta que le soltó a su hermano diez pavos y un vinilo de KISS a cambio de una guitarra que era poco más que un mueble de cocina. El tío estaba tan desesperado por tener un doble mástil que intentó pegar dos guitarras distintas con pegamento; una chapuza que, por suerte para la música, acabó en el cubo de la basura. Pero Kirk tenía un plan: se metió a currar en el Burger King para freír hamburguesas y aguantar a clientes pesados solo por un objetivo: ahorrar los 300 pavos que le faltaban para pillar esa Flying V negra que le esperaba en la tienda.
Esa Flying V fue la que cambió las reglas del juego. Fue el sonido que le dio a Exodus la mala leche necesaria para tocar más rápido que el resto y, más tarde, el que grabó a fuego los primeros cuatro o cinco discos de Metallica. Kirk pasó de despachar Whoppers a reventar estadios, llevando esa guitarra a cuestas como si fuera un fusil. Se dejó la grasa de los fogones para embadurnar de distorsión el mundo entero. Al final, el secreto del éxito era sencillo: agachar el lomo en la cocina para poder levantar el mástil en el escenario.
"Si quieres sonar como los dioses, a veces te toca servir raciones de patatas hasta que tengas la pasta para comprarte el trueno."
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