El pasado 21 de marzo de 2026, el desierto de Arizona fue testigo de un hito que deja en ridículo cualquier contrato discográfico: Alice Cooper y su inseparable Sheryl Cooper celebraron 50 años de rodaje ininterrumpido. El escenario elegido para este segundo "sí, quiero" fue la histórica Wrigley Mansion de Phoenix, un enclave de lujo con el Camelback Mountain vigilando que nadie desafinara en una ceremonia que mezcló la alta alcurnia del rock con la fe ciega. Ante 220 invitados que sumaban más discos de platino que años de historia, el reverendo William Goddard, padre de la novia y ya con 92 primaveras a sus espaldas, volvió a ejercer de maestro de ceremonias tal como hizo en la boda original de 1976.
La exclusividad se palpaba en cada rincón de la mansión. La pareja intercambió anillos de oro de 18 quilates con rubíes y diamantes, piezas de diseño único con grabados que resumen su vida: un micrófono para la leyenda de 78 años y palos de golf para sus ratos de tregua. Sheryl, a sus 69 años, deslumbró con un vestido de satén blanco de Veronica Koch con escote cat-eye y una cintura encorsetada que gritaba elegancia clásica. Entre los asistentes, la lista de VIPs era un auténtico cartel de festival: Duff McKagan de Guns N' Roses, el mítico letrista Bernie Taupin, Rob Zombie, Rob Halford, Criss Angel y un sobrio Marilyn Manson. El clan familiar cerró filas con sus hijos Calico, Dash y Sonora, acompañados por sus respectivos cónyuges, mientras el legendario manager Shep Gordon ejercía de Best Man, siendo uno de los seis supervivientes que repitieron asistencia tras medio siglo.
El banquete no bajó el ritmo, ofreciendo un menú de alta cocina para la aristocracia del metal. Los invitados abrieron boca con tartar de atún con aguacate y delicias de queso de cabra local, para pasar a un solomillo de ternera de primera con reducción de vino tinto o salmón salvaje con costra de hierbas. El broche final lo puso una tarta de cinco pisos de chocolate belga y vainilla, antes de que la fiesta estallara con una actuación en directo donde los novios demostraron que el escenario sigue siendo su hábitat natural. Tras el banquete, la banda tomó el control y el evento cerró con un beso cinematográfico bajo el cielo de Phoenix, confirmando que este pacto de sangre y rock no tiene fecha de caducidad.
Después de cinco décadas quemando asfalto, estos dos forajidos han dejado claro que su amor es el único riff que nunca pasa de moda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario