El mundo del rock se ha quedado un poco más mudo. Tony Iommi ha confirmado la pérdida de Lyndon Laney, el arquitecto sonoro detrás de los muros de amplificación que definieron el sonido de Black Sabbath y, por extensión, de todo el género. Tras una batalla contra el cáncer, Laney deja un vacío imposible de llenar en la industria de la amplificación de válvulas.
La relación entre ambos no era una simple transacción comercial; era una alianza forjada a finales de los sesenta en las entrañas de Birmingham. Mientras Iommi buscaba un sonido que pesara tanto como el acero, Laney experimentaba en su garaje para construir las bestias que pudieran proyectarlo. El guitarrista ha recordado con amargura cómo compartían tardes interminables no solo discutiendo circuitos y especificaciones técnicas para sus cabezales, sino también su devoción mutua por los coches clásicos. Eran dos mentes brillantes que hablaban el mismo idioma de pistones y transistores.
Lyndon no solo fabricó cajas con altavoces; creó el estándar de potencia para las bandas que buscaban algo más que volumen. Su hijo James, quien ya llevaba tiempo al frente de la compañía, hereda ahora la responsabilidad de mantener vivo un legado que empezó con un joven entusiasta de las válvulas y terminó definiendo la estética sonora de millones de discos. Iommi se ha mostrado devastado, enviando su apoyo a la viuda, Jan, y subrayando el honor que supuso para él caminar junto a la familia Laney durante más de cinco décadas.
Si el heavy metal tiene un sonido, es gracias a que un tipo decidió que las guitarras debían rugir más fuerte que el resto del mundo.
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