¡Ay, la que se ha liao en el convite de los juntaletras en Washington, que aquello parecía la salida de una cofradía con lluvia! Estaba el Donald Trump tan ricamente, dándose importancia entre canapé y canapé, cuando de pronto un gachó ha decidio que era buena idea sacar la recortá y armar la de San Quintín en mitad del salón. ¡Se acabó el cachondeo y los chistes de cuñaos!
Los del Servicio Secreto, que no están allí para pelar pavas, se han tirao encima del rubio más rápido que un andaluz a una sombra en agosto. Han sacao a Trump por los de atrás mientras el personal se metía debajo de las mesas, que entre los manteles de hilo y el miedo, aquello parecía un concurso de bultos sospechosos. El nota del pistolón ha durao menos que un pastel a la puerta de un colegio; los agentes lo han dejao tieso como una mojama antes de que pudiera decir "ni pío".
Ha sido un "visto y no visto". De la cena de gala al sálvese quien pueda, con los periodistas corriendo con la copa de vino en la mano para no perder el tiento. Desalojo relámpago, sirenas por tos laos y una cara de susto generalizada que ni el botox de las primeras filas podía disimular. Al final, mucho traje de etiqueta pero han salio tós por patas que ni en los Sanfermines.
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