Sid Wilson no aterrizó en Slipknot para hacerse el tierno; el tío llegó a Des Moines con una mezcla de punk rocker pasado de vueltas y una obsesión por Mixmaster Mike. Mientras otros DJs se limitaban a soltar ruiditos, Sid le echó huevos y conectó pedales de guitarra a su equipo para que sus scratches escupieran el mismo veneno que las cuerdas de Mick Thomson. Los metaleros más cerrados del grupo lo miraban como a un bicho raro, hasta que se puso a soltar jungle y bases que les volaron la peluca. El primer ensayo fue una combustión espontánea: lo que oyes en el disco es lo que salió de su mala leche ese día.
Lo de este pavo es compromiso o que le falta un tornillo, tú eliges. En mitad de un bolo se partió los dos pies pegando un salto y, lejos de llorar por una ambulancia, se cascó los 45 minutos que quedaban de show. ¿Por qué? Porque dice que el concierto es una terapia para la peña y no iba a dejar que ningún fan se quedara con la duda de dónde se había metido el número cero. Terminó el tour en silla de ruedas, pero con un par. Para él, la máscara es un robot que maneja desde dentro para que la película no se corte; si pagas la entrada, te llevas el caos completo, aunque él tenga los huesos hechos puré.
En las distancias cortas, Sid no se corta un pelo. Suelta que Joey Jordison era el puto amo, el mejor que ha pisado un escenario; un tipo que se aprendía un set de Metallica con solo escucharlo una vez y que dejó a Stuart Copeland con la boca abierta. Sobre el nuevo, Eloy Casagrande, dice que es aire fresco y que con él ha vuelto el espíritu de los inicios. Y ojo a la joya del bus: confirma que Corey Taylor se pasó por el forro la regla de no plantar pinos en el váter del vehículo, lo que les costó 500 pavos de limpieza —toda la pasta de la comida de una semana— y un pestazo que ni con lejía se iba.
Si buscas músicos normales, vete al conservatorio; aquí hemos venido a ver cómo arde el mundo.
"Si quieres entender mi vida, cómprate un ticket para mi piel, pero prepárate para el viaje porque no hay frenos."
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