Chris Reifert no tiene tiempo para el cine de terror moderno ni para tonterías nostálgicas, prefiere centrar su energía en que Autopsy siga sonando a Autopsy mientras su cuerpo, tras 40 años de servicio al metal más viscoso, le recuerda que no es una máquina.
La supervivencia en el death metal no se trata de cuántos blast beats puedes aguantar, sino de cómo gestionas las averías. Reifert, el hombre que aporrea la batería mientras vomita letras desde las profundidades de su esófago, ha dejado claro que el motor de Autopsy sigue rugiendo, aunque haya tenido que pasar por el taller más de lo previsto. Entre cirugías de hombro para afeitar huesos que cortaban tendones y hernias sufridas en pleno directo en Brasil, el músico encara el 40 aniversario de la banda con la intención de entregar un nuevo disco en 2027 que valide su existencia, huyendo de convertirse en una pieza de museo que solo vive de rentas pasadas.
La dinámica interna de la banda es casi una anomalía democrática y eficiente: cada miembro llega con canciones completas, grabadas de forma casera, y el resto simplemente las aprende. No hay espacio para el debate estéril ni para "esculpir" el trabajo ajeno; confían en su instinto tras décadas tocando juntos desde finales de los 80. Reifert admite que su método de calentamiento vocal es tan poco ortodoxo como efectivo: provocarse tos hasta casi el punto del colapso gástrico para encontrar ese tono exacto de lija y suciedad que requiere la banda.
En cuanto al futuro inmediato, Autopsy ha decidido levantar el pie del acelerador en lo que a viajes se refiere, limitándose a fechas muy selectas como su reciente paso por Brooklyn o el Pitfest en los Países Bajos, para volcarse de lleno en la composición antes de que termine el año. No esperen baladas, ni teclados, ni experimentos que los acerquen al metal progresivo; Reifert tiene claro que su carril es el de la evolución dentro del fango, respetando el legado de Motorhead pero sin repetirse como un eco vacío. Al final, lo que mantiene viva a la bestia es esa mezcla de humor juvenil, una complicidad casi telepática sobre el escenario y la tozudez de seguir haciendo ruido mientras los huesos aguanten.
Si el cuerpo aguanta un round más, la celebración de las cuatro décadas será el recordatorio de que algunos prefieren seguir manchándose las manos antes que retirarse a mirar fotos viejas.
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