EL ARTE DE NO MORIR EN EL INTENTO
No es que los chicos se hayan vuelto vagos, es que parece que han descubierto que pueden hacer algo más que aporrear instrumentos con saña. El encierro en el estudio no ha sido un trámite, sino una reinvención arquitectónica de su sonido. Han pasado meses midiendo cada frecuencia y cada respiración frente al micro, buscando una escala sonora que se les escapaba de las manos y que ahora, por fin, parecen tener amordazada. La pausa de quince días no ha sido por falta de ganas, sino una necesidad vital para no terminar tirando el equipo por la ventana antes de llegar a la meta.
LA RECTA FINAL DE UN PARTO INFINITO
Quedan dos temas. Solo dos. Pero en el mundo de Celestial Sanctuary, esas dos canciones parecen ser el equivalente a escalar el Everest en chanclas. La banda ha dejado caer que la magnitud de este nuevo material supera cualquier cosa que hubieran proyectado en sus momentos más optimistas. Entraron en noviembre con un plan y van a salir en unas semanas con algo que promete desencajar mandíbulas. La atmósfera en Suffolk es de tensión creativa absoluta, con la mira puesta en un resultado que, de salir bien, les va a obligar a actualizar el currículum.
EL MISTERIO DEL ÁLBUM QUE CRECIÓ DEMASIADO
Lo que se traen entre manos es, por ahora, un secreto guardado bajo siete llaves, pero la confianza que desprenden es casi insultante. Han pasado de ser una banda con proyección a unos arquitectos del sonido que se sorprenden de su propia sombra. La escala de este disco es el gran titular que mantienen en la recámara, esperando el momento justo para soltar el lastre y dejar que el mundo vea si realmente han construido una catedral o si simplemente se han pasado con el eco en la mezcla.
A este paso, van a tardar más en grabar las voces que lo que tardó el Imperio Romano en caer, pero si el resultado es tan épico como dicen, les compraremos el discurso.
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