Sebastian Bach se planta en una tienda de Los Ángeles para dejar claro que el CD es una basura comparado con el calor del vinilo y que su educación musical empezó con letras de alto voltaje sexual.
El tipo que puso la voz a los mejores años de Skid Row no tiene pelos en la lengua al confesar que su disco favorito de KISS es el que le voló la cabeza a los nueve años. Para Bach, la banda de la lengua larga no era un circo, era el manual de instrucciones para hacerse millonario y comprarle un coche a su madre. Se ríe recordando cómo en el patio del colegio descifraban letras prohibidas de canciones como Take Me, convencidos de que Paul Stanley decía cosas mucho más sucias de lo que ponía el libreto oficial.
El rubio platino también saca pecho por el producto nacional canadiense, recomendando a muerte a Max Webster a cualquiera que se haga llamar fan de Rush. No se queda ahí la cosa; Sebastian es un purista del sonido que busca la primera edición de Van Halen solo por las palmeras de la etiqueta de Warner Brothers, porque según él, esas prensas suenan con una mala leche que las reediciones modernas han perdido por el camino.
Entre anécdotas de cómics impresos con sangre y sesiones de escucha que duran hasta el amanecer sin que le duelan los oídos, Bach se pone serio un segundo para recordar cómo la música de Willie Nelson fue la banda sonora del divorcio de sus padres, demostrando que hasta el rockero más macarra tiene una cicatriz grabada en un surco de vinilo. Ahora, con música nueva en las radios, el tío sigue demostrando que tiene más energía que cualquiera de los plastificados que suenan hoy en día.
Si crees que el streaming es el futuro, Sebastian Bach tiene un mensaje para ti: te falta calle y te sobran agudos.
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