Jason Phillips ha soltado la lengua, compadre, dejando claro que el regreso de Bringers of Disease no es un capricho para matar el aburrimiento, sino la consecuencia de un bofetón de realidad tras una ruptura sentimental que lo dejó tieso.
El nuevo disco, titulado Sulfur, nace de una sobriedad total y de la urgencia de escupir sus demonios sin filtros ni adornos de plástico. Si te crees que montar un proyecto hoy en día es juntarse en un garaje a sudar y beber cerveza barata, vas apañao, pisha. El propio vocalista confiesa que el rock and roll en 2026 se parece más a una oficina de contables amargados: videollamadas interminables, hojas de Excel y un mareo de archivos de punta a punta del país.
Una fatiga tremenda para un romántico que sigue prefiriendo el peso de un buen vinilo frente a la frialdad de lo digital. Y es que, con la formación desperdigada y unas agendas de infarto —ojo al dato, Zach sigue hasta el cuello con sus historias en Acid Bath —, el verdadero milagro es que hayan logrado parir un trabajo con tanta identidad. Pero cuando tienes a tu colega Jeff a los mandos de la logística, la cosa cambia. Él aporta ese toque atmosférico que equilibra los berridos de Jason, y además ejerce de filtro anti-tonterías; cada vez que el cantante se viene arriba con una ida de olla, Jeff le suelta un seco "eso es una estupidez" y lo devuelve al suelo. Pura guasa y efectividad, sin medias tintas. Lo que los señoritos de la prensa están llamando un súper grupo no deja de ser una reunión de sospechosos habituales, lo que añade una presión tremenda porque nadie quiere estropear el currículum de sus compadres.
La gran paradoja de este fénix bautizado como Sulfur, con sus marcadas letras satánicas, es que ha sido parido con la mente más limpia que Jason ha lucido en décadas. Atrás quedó el abuso de sustancias que reventó el proyecto original.
Él mismo lo reconoce con bastante arte: si su yo del 2010 lo viera ahora currando tan sobrio, probablemente lo llamaría "nenaza", aunque en el fondo se le caería la baba. Faltará ver si los astros cuadran para que esta pandilla pise la tarima de algún festival, pero mientras tanto, nos quedamos con la lección de que las peores rachas siempre han sido el mejor abono para la creatividad. A llorar a la llorería, que el disco ya está girando y no estamos para aguantar las pamplinas de nadie.
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