EL ETERNO RETORNO DEL UNIFORME ESCOLAR
Con un setlist que parece una fotocopia de sus giras de los últimos treinta años, la banda arrancó con "If You Want Blood (You've Got It)" para dejar claro que, si queríamos algo nuevo, nos habíamos equivocado de década. Angus Young, envuelto en su sempiterno disfraz de colegial, sigue correteando por el escenario como si las leyes de la física no fueran con él, mientras Brian Johnson se desgañita en "Back in Black" y "Thunderstruck" con esa voz que suena a gravilla mezclada con whisky barato. La audiencia chilena, entregada al culto del trueno, rugió con "Hells Bells" y "Highway to Hell", confirmando que el rock and roll es la única religión donde los sumos sacerdotes nunca cambian de sermón.
Ver a estos señores a estas alturas es un ejercicio de fe: nadie sabe cómo aguantan "Let There Be Rock" sin que una asistencia médica tenga que entrar al césped por agotamiento.
CAÑONAZOS Y CLICHÉS BAJO EL CIELO DE SANTIAGO
El despliegue incluyó los sospechosos habituales: desde la campana gigante hasta los cañones de "For Those About to Rock (We Salute You)", cerrando una noche donde lo más innovador fue ver a la gente grabando con móviles de última generación en lugar de encendedores. Entre "You Shook Me All Night Long" y la mítica "T.N.T.", AC/DC demostró que son una franquicia más sólida que cualquier banco, vendiendo exactamente el mismo producto con la misma eficacia de siempre. El público de Santiago, famoso por su intensidad, se bebió hasta la última nota de un repertorio que terminó, como dicta el manual, con una salva de artillería que probablemente se escuchó hasta en Valparaíso.
Santiago quería ruido y AC/DC le dio una ración de hierro y electricidad que dejó los conductos de la ciudad echando humo.
Nota del Departamento: Es loable que una banda pueda llenar estadios en 2026 repitiendo el mismo truco de los cañones, demostrando que el cerebro humano está programado para ignorar el paso del tiempo si hay suficiente volumen de por medio.
AC/DC en Chile fue la confirmación de que el infierno no está tan mal si la banda sonora corre a cargo de un señor de setenta años en pantalones cortos.
Si después de dos horas de concierto no saliste con un pitido persistente, es que probablemente ya estabas acostumbrado al estruendo desde la última vez que vinieron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario