El guitarrista de la cadena al cuello ha decidido que ya no vale la pena disimular. Kerry King ha soltado el lastre diplomático para confirmar lo que todo el mundo sospechaba detrás del escenario: el regreso exprés de Slayer a los grandes festivales no responde a una necesidad artística ni a un repentino arrepentimiento espiritual, sino a una oferta económica imposible de rechazar que convive de forma bastante incómoda con el lanzamiento de su propio proyecto personal.
La pirueta comercial es digna de estudio en las escuelas de negocios. Tras pasar un lustro lamentando el prematuro final de su banda madre y vertiendo bilis sobre la decisión de Tom Araya de bajarse del carro, el músico estructuró una nueva marca con su propio nombre bajo la premisa de mantener viva la llama de la vieja escuela. Sin embargo, la tinta de su álbum debut apenas estaba fresca cuando los contratos millonarios de los promotores reactivaron la maquinaria del grupo principal, dejando su aventura solista en un limbo promocional bastante delicado de justificar ante la prensa.
Intentar convencer a la audiencia de que puedes compaginar la autenticidad de un inicio desde cero con los baños de masas patrocinados por corporaciones gigantescas es un acto de equilibrismo complejo. King, fiel a su habitual sutileza directa, no ha dudado en tildar de ingenuos a quienes cuestionan esta duplicidad de funciones. Para él, esto es una profesión y el romanticismo es un lujo que se queda en los comentarios de las redes sociales. Esta honestidad brutal desmantela el mito del artista inquebrantable, pero al menos ofrece una dosis de realidad sin edulcorar en un ecosistema habituado a los discursos prefabricados sobre el supuesto amor incondicional a los seguidores.
El dilema ahora recae sobre los propios devotos de la formación, que se ven obligados a decidir si prefieren el simulacro nostálgico a precio de oro o el empeño individual de un tipo que se niega a cambiar de fórmula. Al final, la contradicción de criticar la mercantilización del género mientras se hace fila para adquirir un pase de tres cifras demuestra que, en este negocio, el rendimiento financiero siempre tiene la última palabra. Si vas a vender el legado por un camión de billetes verdes, al menos ten la decencia de no quejarte cuando la gente te pida que toques los himnos de siempre en lugar de tus nuevas ocurrencias en solitario.
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