El rock en español pierde una de sus extremidades más ágiles tras confirmarse la partida de Felipe Staiti, el artesano de las seis cuerdas que definió la identidad sonora de Enanitos Verdes durante cuatro décadas. Su fallecimiento deja un vacío que no se llena con comunicados oficiales, sino con el eco de esas melodías que pasaron de las radios mendocinas a conquistar cada rincón del continente. Staiti no era un instrumentista del montón; era el arquitecto de una elegancia melódica que permitía que el rock fuera masivo sin perder un ápice de sofisticación técnica.
Su carrera fue una lección de resistencia y buen gusto, manejando los tiempos de la banda con una precisión casi quirúrgica tras la pérdida de Marciano Cantero. Staiti se convirtió en el custodio de un legado que sobrevivió a modas y cambios de siglo, manteniendo siempre esa capacidad de hacer que su instrumento hablara con una voz propia, cargada de una nostalgia luminosa. La decisión de la familia de no realizar ceremonias públicas subraya esa discreción que siempre acompañó a Felipe fuera de los focos, prefiriendo que sea su rastro armónico el que se encargue de las despedidas.
Se va un tipo que entendía que el rock no necesitaba aspavientos si tenías la nota adecuada en el momento justo. Su salida de escena cierra un capítulo fundamental de la música latinoamericana, dejando huérfanos a miles de seguidores que aprendieron a querer la guitarra a través de sus dedos. Al final, lo único que queda claro es que el verdadero silencio empieza cuando se detiene el último acorde de un tipo que sabía hacerlo todo.
Seguro que ahora mismo está buscando dónde enchufar para que el resto del universo entienda de una vez qué es el buen gusto.

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