La espera por el próximo plástico de los neoyorquinos ha sido un dolor de muelas que se ha estirado durante una década, pero la verdadera razón de este letargo no fue la burocracia ni los horarios. El motor rítmico de la formación ha desnudado la cruda realidad: sufrió un vacío mental devastador que le impidió componer un solo compás, una sequía absoluta de ideas que congeló los engranajes del grupo hasta que un fantasma del pasado y un cambio radical de aires acudieron al rescate.
El músico detalló que no tenía absolutamente nada que decir a nivel creativo ni el más mínimo interés en dar a luz nuevas composiciones, un bache emocional profundo que a punto estuvo de mandar todo al traste. La salvación llegó por un sendero inesperado; su polémica y comentada incorporación a las filas de la maquinaria sureña actual actuó como el desfibrilador definitivo. Vivir y respirar el catálogo de los tejanos le devolvió la lucidez tras los parches, inyectándole una energía tan brutal que terminó perfilando directamente el nuevo material.
La conexión con el pasado es tan explícita que una de las piezas inéditas, titulada Watch It Go, nació bajo el influjo directo de una vieja conocida de la escena. El corte está impregnado del espíritu y los tics característicos de Dimebag Darrell, utilizando incluso una de las frases de cabecera que el añorado hacha repetía como un mantra en los camerinos. Una manera de invocar su presencia en un estudio donde, según el propio artista, el difunto guitarrista habría terminado metiendo mano de estar vivo.
En lo estrictamente musical, la nueva obra se presenta como un repaso exhaustivo que recupera la esencia de las distintas etapas vocales y estéticas de su trayectoria, prometiendo una crudeza técnica inusual que obligó al veterano baquetero a rendir al nivel de un chaval de veintisiete años para soportar la exigencia física de las sesiones. Además, puso sobre la mesa una frustración evidente respecto al comportamiento de la audiencia actual, mostrando su total incomprensión ante el hecho de congregar a setenta mil almas en grandes estadios compartiendo cartel y luego no ver reflejada esa misma respuesta en las convocatorias propias, un misterio que sigue quitándole el sueño. Como fantasía final para cerrar el círculo, el neoyorquino confesó su delirante aspiración de encerrarse a componer un álbum a la vieja usanza con los mismísimos líderes de Kiss, asumiendo el control de los mandos, una gesta que requeriría el milagro de que los dos magnates del maquillaje decidieran, por una vez en su vida, escuchar opiniones ajenas.
Tocar piezas inéditas frente a la exigente audiencia de la Doncella de Hierro está sirviendo de termómetro real, obligándolos a reconfigurar la memoria muscular sobre las tablas tras unos primeros intentos bastante mejorables en directo. Al final, el empeño por no publicar mediocridades parece justificar una espera que ha dejado de ser un secreto de camerino.
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