Quien mantuviera la mínima esperanza de ver a David Coverdale asomar la melena en el quincuagésimo aniversario preparado por Adrian Vandenberg, puede ir asumiendo la cruda realidad: el mítico vocalista ha abandonado por completo el negocio de la música. El gigante holandés suelta el dato con total frialdad mientras asume el peso de revivir esos clásicos el próximo 30 de abril en Tilburg, confirmando que habrá invitados de peso y músicos originales en escena, pero la voz fundadora brillará definitivamente por su ausencia. Aunque lo verdaderamente espeluznante de la jornada no es la despedida del líder, sino el perturbador calvario físico del propio guitarrista. Ese misterioso problema en el brazo que lo dejó fuera de combate en los ochenta y trajo a Steve Vai al estudio, jamás fue por exceso de práctica. Un choque trasero de coche le arruinó las cervicales, llevándolo años después a una camilla donde le introdujeron un tubo con cámara y láser por el cuello mientras estaba totalmente despierto. El cirujano le avisaba cada vez que iba a rozarle un nervio para comprobar la ruta correcta, y en ese preciso instante, el brazo del músico saltaba descontrolado hacia arriba. Semejante escena de tensión límite explica la razón por la que hoy sobrevive en los escenarios ejecutando el noventa por ciento de su técnica golpeando las cuerdas directamente con sus propias uñas.
Lejos de lamentarse, Vandenberg destila un pasotismo envidiable. Patina habitualmente por los bosques holandeses para no pisar el tedio de un gimnasio y, en plena entrevista, ni siquiera parpadea cuando un repartidor interrumpe la conexión. Regresa tranquilamente a la pantalla con tres prototipos de guitarras Peavey recién entregadas desde la República Checa, diseños que él mismo ideó en su época de máxima popularidad pegando enormes folios en las paredes de los hoteles. El tipo se toma la industria con una ironía aplastante, recomendando que figuras intocables como Bryan Adams pasen por este tipo de formatos audiovisuales y dejando claro que su actitud desafiante se nutre del humor de Benny Hill, la herramienta perfecta para ignorar a quienes intentan ofenderse por cualquier cosa en la actualidad. Con dos metros de altura y la única intención de tocar hasta que lo bajen del escenario pataleando, el holandés ha dejado claro que victimizarse es el deporte de los perdedores. Si te fríen los nervios con un láser en vivo y tu respuesta es salir a tocar rock apoyándote en la manicura, es evidente que los problemas de la industria actual son solo rabietas de aficionado.
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