📸 W.A.S.P. en directo
La banda estadounidense W.A.S.P. durante una actuación en Norwich (Inglaterra).
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Blackie Lawless planea ajusticiar públicamente a Adolf Hitler sobre el escenario en su próxima gira, una representación gráfica que cobrarrá vida a partir de las portadas de sus primeros discos y que ha requerido la intervención de una empresa de efectos especiales en Denver desde el pasado mes de abril. Lejos de ser un chiste o una provocación superficial, el veterano líder de W.A.S.P. asegura que se trata de una sacudida directa para señalar el preocupante auge del antisemitismo mundial, dejando claro que el público no se va a encontrar con una broma cuando contemple semejante montaje.
Semejante despliegue sirve de marco para un recorrido único e irrepetible centrado en sus primeros cuatro trabajos, una época decisiva en la que el músico reconoce que los primeros cinco años determinan si una agrupación se consolida o desaparece para siempre. Las prisas de la industria musical tras el éxito de su debut provocaron que el sello discográfico les obligara a componer y grabar The Last Command en un margen exprés de tan solo siete semanas, amenazándoles con que los oyentes los olvidarían si no permanecían constantemente en la carretera.
Sin embargo, tras cuatro años encadenando discos y conciertos sin descanso, el agotamiento acumulado anuló la identidad del grupo hasta el punto de no saber quiénes eran al mirar atrás. La discográfica pretendía repetir la fórmula sin arriesgar y exigir una secuela interminable de sus temas más populares, pero Lawless decidió plantar cara y emplear un año entero en elaborar The Headless Children. Aquel movimiento arriesgado salvó a W.A.S.P. de desvanecerse, alcanzando el disco de oro en su primera semana a pesar de que los ejecutivos del sello no confiaban en la idea.
A lo largo de cuatro décadas, las composiciones han adquirido lecturas que ni el propio autor imaginó al escribir la letra. El caso más evidente es I Want to Be Somebody, concebida inicialmente desde el prisma de la ambición desmedida, pero que en suelo europeo fue interpretada por un público golpeado por la reconstrucción tras los estragos del siglo pasado, quienes veían en el tema una vía de escape para experimentar a través de la música lo que la realidad les negaba.
El panorama actual exige adaptarse a un modelo donde las plataformas digitales apenas aportan liquidez y los ingresos reales dependen por entero de la carretera. Blackie lleva tres años trabajando en un nuevo disco y redactando su propia biografía, compaginando la creación en el estudio con la exigencia de subir a las tablas. Respecto al estado impecable de su voz tras tantas décadas de desgaste, el cantante zanja el tema con guasa recomendando a quienes sufren problemas vocales que elijan mejor a sus padres la próxima vez.
A la hora de juzgar su trayectoria, el músico se muestra despiadado con su propio desempeño al admitir que en más de cuarenta años de carrera solo ha tenido dos noches donde sintió rozar la perfección, buscando incansablemente esa difícil sincronía entre la mente y la interpretación. Su clásico humor negro de los inicios no siempre fue comprendido por la prensa, pero Lawless sigue adelante sin intención de aflojar el paso ni pedir disculpas. Si alguien esperaba ver a un tipo viviendo de las rentas y repartiendo sonrisas fáciles, que se prepare para el impacto.
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