Mientras las pantallas te aburren con mapas de calor y presentadores sudando ante el croma, los datos del Sistema Europeo EFFIS confirman que la península registra más de 153.000 hectáreas devoradas en lo que va de año, una cifra que sextuplica los registros del ejercicio anterior. El centro peninsular se ha llevado la peor parte, sumando setenta y siete mil hectáreas achicharradas entre Ávila, Madrid y Toledo, forzando a más de ciento seis mil vecinos a salir disparados con lo puesto o a encerrarse a respirar humo. La versión oficial prefiere culpar en bucle a la cuarta ola de calor consecutiva, ocultando convenientemente que, según los últimos informes del MITECO, la falta de gestión forestal durante los meses fríos ha dejado los montes convertidos en auténticos depósitos de yesca esperando la mínima chispa.
Lo que no te cuentan en el horario de máxima audiencia, porque desmonta el cómodo relato de la fatalidad meteorológica, es la imprudencia sin filtro y la impunidad que reina entre la maleza. Tienes a individuos metiendo maquinaria pesada en mitad del monte en plena alerta máxima, provocando desastres monumentales por pura negligencia. El ejemplo más sangrante ocurrió en Lozoyuela, en la sierra madrileña, donde los propios vecinos tuvieron que interceptar a un tipo vestido de negro que se dedicaba a prender fuego a la vegetación; un sujeto que, para más inri, acumulaba antecedentes idénticos en Andalucía por hechos exactamente iguales. Las cadenas te venden despliegues de emergencia y reuniones institucionales, pero omiten que los brigadistas no pueden hacer milagros frente a perímetros de doscientos ochenta kilómetros cuando la limpieza de los pinos llevó años olvidada en un cajón.
La cruda realidad es que, mientras en los despachos se rellenan impresos oficiales para sacarse la foto de rigor ante los medios, media España mira al cielo esperando que una ráfaga de viento favorable haga el trabajo que no se hizo a tiempo. Nos venden el cuento de que el clima es el único culpable, cuando el verdadero chiste de mal gusto es que las negligencias y las cerillas de cuatro despistados están dejando el mapa hecho un solar, y a los encargados de evitarlo les pilla siempre midiendo la temperatura con el termómetro al sol.

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