El acceso costero de Ceuta acaba de reventar las previsiones de asistencia con un evento continuo y sin necesidad de entradas anticipadas. Miles de personas de la vecina Marruecos, incluyendo familias al completo y nuevas generaciones buscando pista rápida, han decidido saltarse el control principal por el mar para plantarse directamente en el escenario, dejando a la organización local sudando frío por la absoluta falta de aforo.
La zona de acreditaciones del espigón está totalmente colapsada. Los equipos de recepción trabajan a un nivel de sobrecarga brutal, intentando acomodar a una multitud que no para de llegar impulsada por la marea. Todo esto ocurre mientras en los despachos de la capital parece que han apagado los monitores, publicando notas de prensa tan huecas que suenan a eco en un estadio abandonado. Han montado un macroevento de dimensiones épicas en la orilla, pero los responsables de producción de Madrid siguen con el teléfono desconectado.
Y aquí viene el gran detalle de calidad de esta gira espontánea por el estrecho: el Ejecutivo ni siquiera ha tenido la decencia de montar un buen banquete de cordero al horno para recibir al personal. Cero cortesía de backstage. Ni una mesa con canapés, ni un triste buffet libre para quienes se han tragado el salitre de madrugada. Los recintos de estancia temporal operan muy por encima del triple de su capacidad original, los trámites administrativos suenan a disco rayado interminable, y los políticos de turno pretenden arreglar el desbordamiento con un papeleo que avanza a ritmo de balada acústica de sobremesa.
Esperar que los señores de corbata solucionen este overbooking costero desde sus asientos VIP insonorizados es tan absurdo como pedirle a un mimo que te afine el bajo.

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