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Despertando el abismo...

jueves, 8 de octubre de 2026

ESPAÑA YA NO PROTESTA SOLO POR EL PRECIO DE LA VIVIENDA: PROTESTA PORQUE NO VE SALIDA

La crisis de la vivienda ha dejado de ser una discusión sobre alquileres. Las calles españolas están convirtiendo el problema en una batalla política, social y, sobre todo, emocional.

Hay momentos en los que una protesta deja de ser una protesta.

Lo que está ocurriendo estos días en España empieza a parecerse a eso.

Las imágenes de las movilizaciones por la vivienda no muestran únicamente pancartas contra los alquileres imposibles o contra los desahucios. Muestran algo bastante más profundo: una parte creciente de la población ha empezado a sentir que cumplir las reglas ya no garantiza poder acceder a una casa.

Y cuando una sociedad empieza a pensar que trabajar, ahorrar y esperar no sirve para conseguir algo tan básico como un techo, el problema deja de ser inmobiliario.

Se convierte en político.

Y también en generacional.

UNA MUJER DE 87 AÑOS SE CONVIRTIÓ EN EL ROSTRO DE TODO

El caso de María del Carmen Abascal —Maricarmen— ha funcionado como detonante de una indignación que llevaba mucho tiempo acumulándose.

La mujer, de 87 años, fue desalojada de la vivienda en la que había vivido durante décadas. Su caso provocó una movilización que terminó extendiéndose por diferentes ciudades españolas.

Pero la historia dio un giro todavía más duro.

Maricarmen murió el 7 de octubre en el hospital, después de que su desalojo se hubiera convertido en uno de los símbolos de la actual crisis habitacional.

Su muerte no demuestra por sí sola que la crisis inmobiliaria fuera la causa médica de su fallecimiento.

Eso sería una conclusión que no corresponde hacer.

Pero sí explica por qué su figura ha adquirido una fuerza extraordinaria dentro del movimiento.

Para miles de personas, Maricarmen representa algo mucho más grande que un expediente de desahucio.

Representa la sensación de que una vivienda puede dejar de ser un hogar y convertirse en un activo financiero mientras quien vive dentro termina siendo la parte más débil de la ecuación.

LAS CALLES YA HABÍAN HABLADO

El pasado 3 de octubre, decenas de miles de personas salieron a protestar en diferentes ciudades españolas.

En Madrid, la Delegación del Gobierno cifró la asistencia en unas 70.000 personas, mientras que los organizadores ofrecieron cifras mucho mayores.

La movilización exigió medidas contra los precios de la vivienda, los desahucios y la especulación, y planteó incluso avanzar hacia una huelga general.

Barcelona celebró su propia movilización el 5 de octubre después de que las lluvias obligaran a aplazarla.

Allí la protesta terminó con enfrentamientos: según las cifras policiales recogidas por Euronews, hubo 13 detenidos y 30 agentes de los Mossos resultaron heridos leves. También se registraron barricadas y contenedores incendiados.

Y aquí conviene separar dos cosas.

Una cosa es protestar por un problema real.

Otra muy distinta es justificar que una protesta termine con violencia contra personas o bienes.

La indignación puede ser legítima.

La violencia no convierte automáticamente esa indignación en razón.

EL GOBIERNO HA MOVIDO FICHA

La presión de la calle ha coincidido con una situación política especialmente delicada.

El Gobierno de Pedro Sánchez aprobó el 6 de octubre un paquete de 21 medidas urgentes relacionadas con la vivienda.

Entre ellas aparecen mecanismos para facilitar el alquiler y la compra, refuerzos de protección frente a determinados desahucios, regulación de alquileres de habitaciones y temporales, medidas fiscales y actuaciones contra determinadas operaciones especulativas.

También se anunció un fondo de 10.000 millones de euros, destinado entre otras cosas a facilitar financiación para primeras viviendas y apoyar la construcción.

El problema es que la política llega ahora a una calle que ya no parece dispuesta a conformarse con anuncios.

Porque esa es probablemente una de las claves de todo este conflicto.

La gente no está protestando porque no existan propuestas. Está protestando porque considera que las propuestas llegan tarde, son insuficientes o no cambian su realidad cotidiana.

Y AHORA APARECE LA HUELGA GENERAL

El movimiento ha dado un paso más.

El Sindicato de Inquilinas, junto a organizaciones sindicales como CGT, Solidaridad Obrera y CO.BAS, ha convocado una huelga general para el 11 de noviembre centrada en la crisis de vivienda.

CCOO y UGT también han mostrado su respaldo a la movilización.

Eso cambia considerablemente el escenario.

Una manifestación puede ser enorme y desaparecer al día siguiente.

Una huelga general es otra cosa.

Si realmente consigue movilizar trabajadores de diferentes sectores, la vivienda dejará de ser únicamente una reivindicación de inquilinos y pasará a convertirse en un conflicto transversal.

Y ahí está el verdadero peligro para cualquier Gobierno.

Porque una persona puede aguantar que le suban el alquiler.

Puede aguantar que le digan que espere.

Puede aguantar que le prometan una futura solución.

Pero cuando esa persona comprueba que sus hijos tampoco pueden independizarse, que comprar resulta inalcanzable y que una parte cada vez mayor de su sueldo desaparece antes de llegar a final de mes, la paciencia deja de ser una política pública.

MI LECTURA: EL PROBLEMA YA NO ES SOLO CUÁNTO CUESTA UNA CASA

Aquí está, para mí, la parte más interesante.

España corre el riesgo de equivocarse si interpreta estas protestas únicamente como una pelea entre izquierda y derecha.

Porque la vivienda puede acabar rompiendo esa división.

Un joven que no puede independizarse.

Una familia que dedica una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler.

Un trabajador que vive cada vez más lejos de su empleo.

Un pensionista que teme perder su casa.

Un propietario que tampoco encuentra seguridad en el mercado.

Son problemas diferentes, pero tienen un punto en común:

la sensación de que el sistema de vivienda se ha vuelto demasiado difícil de controlar para quien simplemente quiere vivir.

Y eso puede tener consecuencias electorales mucho mayores que cualquier pancarta.

EL GRAN ERROR SERÍA BUSCAR UN ÚNICO CULPABLE

Aquí tampoco compraría el discurso fácil de que todo se explica señalando a un solo actor.

No.

La crisis española tiene muchas piezas: falta de vivienda disponible en determinadas zonas, presión turística, alquileres temporales, inversión inmobiliaria, salarios, concentración de empleo en determinadas ciudades, burocracia, costes de construcción, suelo, políticas públicas y diferencias enormes entre territorios.

Reducirlo todo a “los fondos buitre” es demasiado sencillo.

Pero reducirlo todo a “los okupas”, “los propietarios” o “los políticos” también lo es.

Una crisis tan grande no nace de una sola mano.

Y precisamente por eso tampoco se arregla con una sola medida.

LO QUE PUEDE CAMBIARLO TODO

El Gobierno necesita demostrar que las nuevas medidas no son únicamente una respuesta electoral.

Y la oposición necesita demostrar que tiene algo más que críticas.

Porque España se dirige a unas elecciones anticipadas el 29 de noviembre de 2026, después de que Sánchez anunciara el adelanto electoral en medio de la creciente presión política alrededor de la vivienda.

Eso significa que cada decreto, cada manifestación y cada desahucio tendrá ahora una lectura electoral.

Y ahí aparece una paradoja bastante incómoda.

La vivienda podría convertirse en el asunto que decida unas elecciones precisamente porque durante demasiado tiempo fue tratada como un problema que podía esperar.

Ahora ya no espera.

La calle tampoco.

NO ES SOLO UNA CASA

Quizá esa sea la verdadera noticia detrás de las imágenes que están llegando estos días.

No estamos viendo únicamente gente reclamando pisos más baratos.

Estamos viendo una generación preguntándose si podrá vivir en las ciudades donde trabaja.

Estamos viendo familias intentando conservar una estabilidad que sienten cada vez más frágil.

Estamos viendo pensionistas preocupados por no convertirse en una estadística.

Y estamos viendo a un movimiento social que ha encontrado un símbolo en una mujer de 87 años cuya historia ha terminado atravesando la discusión nacional.

Eso explica por qué las protestas continúan.

Y explica también por qué cualquier Gobierno que piense que esto desaparecerá cuando las cámaras dejen de emitir las manifestaciones puede estar cometiendo un error monumental.

Porque el problema no está en la calle.

El problema está dentro de las casas.

Y mientras haya personas que puedan pagar una vivienda pero no encontrarla, personas que encuentren vivienda pero no puedan pagarla, o personas que hayan vivido décadas en una casa y aun así teman perderla, las protestas tendrán combustible.

España no necesita solamente más discursos sobre vivienda.

Necesita que una persona pueda mirar un alquiler, mirar su nómina y pensar:

“Sí. Puedo vivir aquí.”

Cuando eso vuelva a ser normal, las pancartas perderán fuerza.

Hasta entonces, seguirán apareciendo.

Y quizá esa sea la señal más preocupante de todas.

STHDMETAL — THE ANGEL OF NOISE

Una sociedad puede acostumbrarse a muchas cosas.
A no poder tener un coche nuevo.
A no salir de vacaciones.
A apretarse el cinturón.

Pero cuando empieza a sentir que tampoco puede permitirse vivir, el silencio se termina.

Y España ya ha dejado de estar en silencio.

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