El 19 de febrero de 2026, la discográfica Pure Noise Records decidió que el mundo estaba demasiado tranquilo y soltó el vídeo oficial de "violins", la nueva sutiliza de la banda Chamber. El título, que podría sugerir una velada de música de cámara con canapés y champán, es en realidad la tapadera perfecta para una agresión auditiva de dos minutos y treinta y nueve segundos que haría que un violonchelista profesional buscara refugio en un búnker.
El vídeo apuesta por una imagen lo-fi y granulada, ese estilo tan en boga que intenta convencernos de que la cámara se encontró en un contenedor tras una inundación en los años 90. Es el envoltorio visual perfecto para que no distingas si lo que ves es un músico o un espectro sufriendo un ataque de ansiedad.
A pesar del nombre de la canción, la presencia de violines es tan nula como la paz mental tras escuchar el primer riff. Chamber ha decidido que la mejor forma de honrar a los instrumentos de cuerda es sustituir la melodía por una estructura rítmica que suena a hormigonera llena de cubiertos metálicos.
Los integrantes de la banda se mueven con esa urgencia espasmódica típica de quien ha tomado demasiado café y se ha dado cuenta de que ha dejado el gas encendido en casa. Todo en el metraje grita "somos muy intensos y estamos muy enfadados con algo que probablemente no sabemos explicar".
EL ÁNGEL DEL RUIDO
Cómo Chamber ha conseguido que un tema titulado "violins" suene exactamente igual que una pelea en un callejón entre dos transformadores eléctricos. La sátira reside en su capacidad para vender "ruido puro" (haciendo honor a su sello) bajo un nombre que evoca a Vivaldi. Resulta irónico que, en un mundo saturado de autotune y pop edulcorado, estos muchachos hayan decidido que su contribución a la cultura sea un vídeo que parece grabado con una patata y una canción que sirve para desalojar edificios en tiempo récord. La crítica es obvia: si buscas violines, te has equivocado de barrio; si buscas que te sangren los oídos con estilo post-hardcore, Chamber es tu nueva religión. ¡Doot doo por la disonancia y el grano de película que oculta la falta de presupuesto!
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