Un árbol gigantesco derribado por rachas de vientos huracanados cayendo a escasos centímetros del autobús donde dormía el bajista Justin Street. Así arranca la historia detrás del nuevo disco homónimo de Airbourne, una obra gestada en las entrañas más hostiles de la selva australiana y que incluye la surrealista colaboración con pesos pesados del negocio como Bryan Adams y Mutt Lange. Lo que empezó como un encierro rodeados de serpientes venenosas, arañas de tela en embudo y sapos gigantes en los Music Farm Studios de Byron Bay, terminó convirtiéndose en el caldo de cultivo más peligroso para la banda de los hermanos O'Keeffe. Joel ha desnudado el proceso en sus últimas entrevistas y la realidad supera cualquier exceso de ficción: se fueron a grabar al fin del mundo para salir vivos de auténtico milagro.
Sobrevivir a la naturaleza salvaje australiana mientras los cortes de luz interrumpían las sesiones no fue el único gran titular de esta odisea. Para encontrar la esencia cruda que necesitaban, la banda rescató la legendaria mesa de mezclas Neve original de los Albert Studios, la misma circuitería analógica por la que pasó el sonido primigenio de AC/DC, Rose Tattoo y The Angels. No se trataba de buscar una emulación digital aséptica, sino de atrapar la vibración térmica y real que transpira en cada surco. La obsesión era alejarse de las producciones estériles y abrazar la fricción pura. Ese hardware impredecible, que se negaba a dejar de fallar durante las peores tormentas, le otorgó al disco una textura terrenal que hoy en día es casi una reliquia en peligro de extinción.
En medio de este ambiente salvaje, ocurrió algo que nadie tenía en el radar. A través de un contacto en el Reino Unido, Bryan Adams levantó el teléfono para inyectar su maestría compositiva en la banda. Y no llegó solo. Adams arrastró al proyecto la genialidad de Mutt Lange, el cerebro responsable de moldear la arquitectura sonora de decenas de superventas del rock. Juntos comenzaron a rebotar maquetas desde el otro lado del océano, destilando y perfeccionando ideas hasta exprimir cada estrofa. El resultado salta a la vista en cortes como 'Here She Comes' o 'Who Put The Rhythm In You', donde la crudeza sudorosa de los australianos adquiere un empaque gigantesco diseñado para hacer temblar estadios enteros. Joel relata cómo Adams no dejaba de presionar, obligándoles a reescribir y pulir las letras hasta que no quedaba margen para el conformismo.
A esto se le suma un trasfondo de pura lealtad a las raíces. Hace años, Lemmy Kilmister les dejó un consejo grabado a fuego: hacer música que los pipas y técnicos de gira respeten por encima de todo. Airbourne construyó su regreso sobre esa premisa inquebrantable, dedicando un lustro entero a desechar pistas y buscar oro entre la maleza. Todo este enorme esfuerzo, desde convivir con pitones en la puerta del estudio hasta aguantar temporales desatados que fulminaban el suministro eléctrico, ha dado luz a la producción más desafiante de su trayectoria. Y mientras el resto de la industria sigue quejándose porque se les ha colgado el ordenador en un estudio con aire acondicionado, estos tíos acaban de facturar el disco de sus vidas esquivando ramas letales y víboras cabreadas; francamente, el nivel de chulería es directamente inalcanzable.
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