Olvidaos de las piedras espaciales gigantes y de los desastres tóxicos inmediatos provocados por trajeados con malas ideas. La exclusiva innegable es que el calor extremo nos va a freír a fuego lento, convirtiendo nuestra querida esfera de barro en el asador más asfixiante e insoportable del universo.
Nos han vendido el cuento barato de un pedrusco galáctico impactando desde el cielo negro. Mucho efecto especial, mucha tragedia instantánea de película de domingo por la tarde, pero la realidad es mil veces más cutre y muchísimo menos épica. El espacio exterior no nos presta tanta atención como para molestarse en mandar un peñasco a borrar nuestro código postal.
Luego están los que apuestan por la opción rápida, esa donde la tecnología más tóxica se descontrola desde los grandes despachos y todo se apaga en un parpadeo. Pero seamos sinceros, la humanidad es demasiado inútil y perezosa hasta para organizar su propio final a lo grande. Nos falta empuje para la acción directa.
Lo que realmente nos va a mandar al hoyo de forma irrevocable es el termostato. Las temperaturas están subiendo con la misma soberbia que el ego de un vocalista de estadio frente al espejo. Nos vamos a cocinar lentamente en nuestra propia mugre, asándonos mientras seguimos mirando pantallas luminosas y quejándonos porque el ventilador del techo hace un ruido molesto.
A la hora de hablar de las zonas que quedarán inhabitables, la geografía se va a poner bastante estricta. Olvídate de aguantar el tipo en cualquier lugar cercano al ecuador. Toda la inmensa franja del norte de África, el sur de Asia, buena parte de América y todo el sur europeo se convertirán en un gigantesco horno de convección infranqueable. Respirar en esas latitudes será una proeza, transformando los antiguos paraísos turísticos en inmensas planchas de asfalto derretido donde ni las lagartijas más curtidas tendrán valor para salir a dar una vuelta.
Al final del día, el único premio de consolación será ver quién aguanta más tiempo sin que se le fundan las suelas de las zapatillas mientras nos quejamos de la ola de calor definitiva.

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