Respaldado por la imponente presencia de Alice Cooper y el talento natural de Joe Perry, el grupo convirtió el recinto de Yorkshire en un enorme ritual de homenaje, donde las pantallas proyectaban los rostros de gigantes caídos como Lemmy Kilmister, David Bowie, Prince y Janis Joplin, demostrando que Depp está a años luz de ser un simple adorno estético en esta agrupación. Mientras Chris Wyse sostenía el bajo con maestría y Glen Sobel marcaba el tempo con una firmeza impecable, los Vampires crearon una atmósfera sombría, elegante y cargada de descaro, construida expresamente para brindar por aquellos nombres que ya no pueden subirse a los escenarios. La actuación en el ciclo de conciertos patrocinado por TK Maxx despejó de un plumazo cualquier duda sobre la autenticidad del proyecto, luciendo una compenetración envidiable y una arrogancia fabulosa que dejó en evidencia a los directos de plástico de la industria moderna. Cada verso soltado por Johnny al público arrastraba la memoria de las mejores noches de excesos de estos tótems de la música, evitando la nostalgia barata y apostando por un sonido que hipnotizó por completo a todos los asistentes.
Al final del día, a los ídolos de esta calaña no se les rinde tributo con pañuelos de encaje ni rezos aburridos; se les honra levantando el vaso más sucio del garito y largándote por la puerta de atrás sin pagar la cuenta.
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