Mientras la burocracia en Europa tramita expedientes con parsimonia, la gestión sobre el perímetro ceutí evidencia que los acuerdos de restitución y el control de flujos exigen diplomacia técnica de alto nivel y presupuestos garantizados, no declaraciones grandilocuentes. Marruecos administra el control de su lado de la divisoria como una herramienta de presión diplomática para obtener ventajas estratégicas, reconocimientos institucionales y partidas presupuestarias internacionales. La solución efectiva pasa por que la Unión Europea asuma la financiación integral de la frontera exterior, invirtiendo en sistemas tecnológicos de detección, refuerzo operativo de las fuerzas de seguridad y pactos de desarrollo directo con los países emisores para desactivar a las organizaciones ilícitas de transporte. Todo lo demás es puro espectáculo político de cara a la galería mientras los verdaderos pactos se cierran a puerta cerrada entre firmas de convenios y partidas de gasto.
Al final del día, la política se resume en mover papeles en despachos con moqueta mientras la chequera europea decide el ritmo de la frontera.

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