La trayectoria de Roxie es el ejemplo perfecto de "profesional del aguante". Pasó por Candy —donde el power pop era tan dulce que provocaba diabetes— para acabar siendo el escudero de lujo de un Alice Cooper que, a estas alturas, ya ha decapitado a más guitarristas de los que Roxie puede recordar. Entre anécdotas de Kiss (donde Gene Simmons, fiel a su estilo, le birlaba títulos de canciones en su cara) y su paso por el Snakepit de un Slash que prefería la botella a la diplomacia, Roxie se ha convertido en el veterano que ha visto cómo todas sus bandas implosionaban por el ego, las drogas o, simplemente, por la falta de un estribillo que no sonara a 1985.
Al final, nos queda la reflexión de un hombre que ha aceptado que en la era digital la mística ha muerto, probablemente asesinada por los mismos filtros de Instagram que él usa. Habla de consistencia y oficio, que es el código elegante para decir que ha aprendido a tocar Poison todas las noches sin que se le caiga la cara de vergüenza mientras ve cómo la industria que una vez lo fichó por error, hoy ni siquiera sabe quién es si no lleva el maquillaje de la banda de Alice puesto. Un superviviente, sí, pero de los que saben que en el rock, si no eres el jefe, solo eres el tipo que ayuda a cargar el ataúd.
Roxie es ese "ángel" que cayó del cielo del glam para aterrizar de bruces en el asfalto de la realidad musical. Su mayor milagro no ha sido resucitar el rock, sino convencer al mundo de que ser el eterno segundón con una Gibson al hombro es una forma digna de santidad. Al final, el ruido es lo único que no miente: mientras los contratos se firman por error y las bandas se apuñalan por la espalda, él sigue ahí, batiendo las alas en el foso de Alice Cooper, recordándonos que en el cielo de las estrellas del rock, los ángeles más listos son los que saben cuándo callar y cuándo dejar que el jefe se lleve los focos.
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