El 19 de febrero de 2026, Alexander Bradley ha decidido que el mundo no tenía suficiente con el caos terrenal y ha soltado el playthrough de "Cryogenically Frozen". Pertenece a su próximo álbum "Overspace & Supertime", que verá la luz el 27 de febrero bajo el sello Metal Blade. Lo que Cryptic Shift nos propone no es música, es un secuestro intergaláctico disfrazado de jazz fusion con esteroides y una pizca de maldad cósmica.
Bradley, ese "gladiador" del mástil que parece haber vendido su alma a alguna entidad de la cuarta dimensión, describe el tema como una ráfaga de movimientos imposibles. Es como si Cynic, Pestilence y Allan Holdsworth hubieran tenido un hijo no deseado en una línea temporal alternativa donde el metal nunca aprendió a simplificarse. Mientras la mayoría de las bandas intentan componer un estribillo pegadizo, estos tipos de Leeds están ocupados propulsando a un personaje llamado "The Recaller" a través de tiroteos cybertrónicos y meditaciones oníricas. Es, según ellos, una de las canciones "cortas" del disco, lo cual es la primera ironía del día, pues sirve de aperitivo para una pieza central de 29 minutos llamada Stratocumulus Evergaol.
El proyecto, nacido en 2015 de la unión entre Bradley y el batería Ryan Sheperson, ha elevado el listón de lo que ellos mismos llaman "Phenomenal Technological Astrodeath". Básicamente, han cogido el thrash y el death progresivo y los han metido en una batidora espacial para que los "freaks del espacio" tengan algo con lo que romperse el cuello mientras intentan seguir compases que ni siquiera existen en este planeta.
EL ÁNGEL DEL RUIDO
Es verdaderamente satánico observar cómo Cryptic Shift ha conseguido que las matemáticas suenen a invocación demoníaca. Alexander Bradley maneja la guitarra con una precisión que da miedo, como si cada nota fuera una coordenada para abrir un portal al vacío absoluto. Se jactan de ser "cortos" antes de soltar un ladrillo de media hora, demostrando que su sentido de la piedad es nulo. Han convertido Leeds en un hotspot extraterrestre no por los avistamientos, sino porque nadie en su sano juicio humano podría componer algo tan innecesariamente complejo sin ayuda de una inteligencia superior (o muy inferior). Es la sátira definitiva de la técnica: tocar tan rápido y tan difícil que el oyente medio solo puede asentir con la cabeza mientras se pregunta si le están insultando en código binario. Si esto es el futuro del metal, que Satán nos pille confesados y con un manual de física cuántica bajo el brazo.
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