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jueves, 19 de febrero de 2026

SEBASTIAN BACH: EL ÚLTIMO CAVERNÍCOLA DEL ROCK Y SU GUERRA CONTRA EL RELOJ

 

Sebastian Bach se ha sentado con Loudwire para recordar que sigue vivo, que sigue gritando y que el rock and roll es, en esencia, una fogata de neandertales. En una entrevista que oscila entre la nostalgia lacrimógena y la energía de un adolescente hiperactivo, el exlíder de Skid Row ha dejado claro que, a sus 57 años, su única religión es no bajar el tono de las canciones que grabó cuando tenía 20.

Bach define un concierto de rock como algo "primal", comparándolo con cavernícolas alrededor de una hoguera con un tambor. Para él, la tecnología y las computadoras en los directos son "una mierda" (término científico, asegura) porque matan la conexión instintiva con el público.

Se jacta de no usar pistas de apoyo ni coros grabados. "No hay nada, solo nosotros cuatro". Admite que está "exhausto todo el tiempo", pero que en cuanto pisa el escenario siente a la multitud y puede tocar hasta dos horas y media si el público está tan loco como el de Australia.

Considera que su canción "What Do I Got to Lose", de su álbum de 2024, es lo más parecido a un éxito que ha tenido desde 1991. Según Bach, a diferencia de otras bandas, cuando toca material nuevo su público no aprovecha para ir al baño a por una cerveza.

Su gran sueño pendiente es grabar un disco de Navidad, pero nada de versiones rockeras con guitarras eléctricas. Quiere un álbum clásico y tradicional porque asegura que aún puede alcanzar las notas de soprano que cantaba en el coro de niños a los ocho años.

Al hablar de la muerte de figuras como Ace Frehley (a quien describe como su "Papá Noel" particular por la estética de Kiss) o su propio primo, Bach confiesa que ha aprendido a "compartimentar" el dolor. Tras la muerte de su padre en 2002, decidió que no dejaría que la muerte de nadie más lo sacara de su juego profesional.

EL ÁNGEL DEL RUIDO

Es fascinante observar cómo Sebastian Bach ha convertido la negación del paso del tiempo en su mayor activo artístico. Se presenta como un guerrero de la vieja escuela que desprecia los clics de batería y los coros enlatados, mientras admite con una honestidad casi cómica que hacer una entrevista al mediodía después de un show es un castigo divino. La sátira reside en su capacidad para comparar un concierto de heavy metal con una reunión de homínidos y, acto seguido, ofrecerse para cantar villancicos como si fuera un niño de coro de ocho años. Bach es el recordatorio viviente de que el rock de estadios no era solo música, era una cuestión de actitud, laca y una resistencia física que desafía la lógica médica. Al final, lo único que realmente importa no es cómo se siente él, sino que nosotros sigamos creyéndole cuando dice que la fiesta nunca termina.

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