SELLO: Napalm Records
ÁLBUM: The Legend of the Six Kings · 2026
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Los germanos Exumer han decidido ahorrarse el suspense barato y han soltado en la red su inminente disco Death Mask Messiah, marcando el 28 de agosto de 2026 como la fecha definitiva de salida amparados por Metal Blade Records.
La entrega es directa y sin rodeos, presentando once composiciones que abren con la actitud soberbia del tema homónimo Death Mask Messiah. El trayecto no admite pausas, empalmando la crudeza técnica de Blinding Skies y Sin Bleeder a través de una producción seca y desprovista de adornos superfluos. Sin ningún interés en agradar a las sensibilidades actuales, la banda exprime una rudeza rítmica asfixiante que monopoliza cortes como Eradication y Ravishing Waste. La tensión se mantiene intacta al adentrarse en pasajes sonoros turbios con Allocated Savagery y Serpent, dejando constancia de que la velocidad y el cinismo siguen siendo innegociables. El último bloque del redondo pisa el acelerador sin contemplaciones de la mano de Fratricide y Scorcher, culminando la obra con la aspereza palpable de Frozen Ground y Unchained Angel. Las ediciones físicas ya tienen habilitada su preventa en los portales oficiales europeos y americanos de la discográfica para quienes necesiten su dosis de plástico coleccionable.
Al final, prefieren escupir el disco entero del tirón antes que andar mendigando atención con adelantos de diez segundos.
El 42.º Festival de Cine de Boston se viste de gala el próximo viernes 18 de septiembre de 2026 a las 18:00 horas para acoger la gran presentación internacional de Unleashed Spirits: The Rise of the Hollywood Vampires. El legendario Boch Center Wang Theatre, ubicado en el 270 de Tremont Street en Boston, proyectará este esperado largometraje centrado en la historia y convivencia del célebre supergrupo.
Hay libros que cuentan historias.
Y hay libros que esperan a que alguien los encuentre.
Los años de formación del Sunset Strip nunca decepcionan cuando los verdaderos protagonistas de la escena deciden contar lo que pasaba lejos de los focos. Todo arrancó a finales de los setenta, cuando un Pearcy empeñado en ver al fenómeno local llamado Van Halen decidió saltarse los filtros de seguridad en el Whisky a Go Go. Con los bolsillos llenos de marihuana, interceptó a Diamond Dave en las escaleras del backstage soltándole una oferta directa: "¿Quieres fumar un porro?". El pase funcionó en el acto, abriéndole la puerta para conocer a Eddie y forjar una amistad basada en el volumen y el descaro.
A mediados de los ochenta, esa afinidad los convirtió en vecinos. Eddie vivía en la parte alta de la colina y bajaba en su moto hasta la conocida White House de Pearcy. Muchas veces el recorrido no tenía ningún propósito musical; simplemente se colaba en la cocina para agarrar vodka de la nevera y esconderse un rato de la vigilancia de Valerie Bertinelli, dejando a los cuidadores de la propiedad alucinando al ver al icono de las seis cuerdas mendigando refugio y bebida a deshoras.
Pero el misticismo del estrellato angelino se desmonta por completo con la anécdota de la trastienda del mítico Rainbow Bar & Grill. En la zona más reservada, Pearcy se encontró sentado a la misma mesa con Ozzy Osbourne y David Lee Roth. Cualquier aficionado apostaría el sueldo a que estaban consumiendo sustancias innombrables y montando un escándalo, pero la realidad paralela fue que las tres deidades del desmadre pasaron la noche entera debatiendo sobre ropa y estilos de vocalistas. Ni chicas, ni narcóticos. Solo tres divos analizando trapitos.
Esa misma estética visual tiene un origen mucho más terrenal del que nos han querido vender. El clásico look de prendas destrozadas y telas rasgadas que definió la escena no fue una decisión de diseño de lujo. Ratt no tenía fondos para costearse un vestuario profesional, así que recurrían a tiendas de segunda mano para triturar sus propias camisetas, creando accidentalmente una tendencia de pobreza estilizada que hasta la propia Madonna terminaría imitando poco después.
El nivel de desenfreno alcanzó su punto álgido durante el mastodóntico US Festival del 83. Pearcy y su guitarrista Robbin Crosby tuvieron que reptar por un túnel de tierra en pleno recinto para poder llegar sanos y salvos a la mesa de sonido y ver el set de Van Halen. El esfuerzo valió la pena, culminando en una fiesta de backstage tan pasada de vueltas que Pearcy admite abiertamente tener el recuerdo totalmente borrado a día de hoy.
El vocalista también aprovechó el micrófono para mandar a pastar a los críticos modernos que exigen que los pioneros del género mantengan las cuerdas vocales intactas cuatro décadas después. Para Pearcy, ver a estos tíos subidos a las tablas no es un ejercicio de nostalgia técnica, sino una actitud festiva; salen de gira para pasarlo bien, no para aprobar un examen de conservatorio. Mientras sigue defendiendo esa filosofía sin importarle las opiniones ajenas, el cantante remata las mezclas de su nuevo trabajo en solitario, The Dog Mob, que soltará de su correa este mismo otoño.
Si te escandaliza que tus ídolos ya no lleguen a las notas altas de hace cuarenta años, quédate en el sofá llorándole a tus vinilos y deja que los demás nos sigamos bebiendo las barras.
El apartado técnico de la canción lleva la firma de Josh Schroeder, responsable de la producción, ingeniería, mezcla y masterización, contando además con un trabajo de mezcla en Dolby Atmos supervisado por Elijah Clutter y Joseph Santucci. Lejos de limitarse a una imitación del clásico noventero, la banda reestructura el tema con una densidad vocal abrumadora y pasajes rítmicos contundentes, reconfigurando el ritmo industrial primigenio mediante tonos graves profundos y un empaque técnico demoledor.
El metraje oficial convierte la carretera en un escenario surrealista repleto de disfraces grotescos, carreras y apariciones sorpresa. Además del protagonismo de Bam Margera y Will Ramos, la pieza audiovisual reúne a personalidades como el batería Matt Greiner, el skater Dalton Dern, Trey Williams, Jack Murray, Tyler Beam, Kevin Corkran, Sonia Goldberg y James Perry —quien también ejerce de operador de cámara junto a Matthew Colomiet—, completando el reparto Victoria Crow, Amanda Simonich y Kristyn Howell, con trabajo de maquillaje y caracterización a cargo de Kelly Harris y Elisa Abend-Goldfarb.
Esta reinterpreta el espíritu sombrío y festivo del tema original para adaptarlo a su propio molde, demostrando que la banda sabe divertirse a lo grande sin ceder ni un milímetro en contundencia. Si te apetece ver a media escena extrema haciendo el gamberro en un vehículo descapotable mientras revientan los altavoces, ya estás tardando en darle al reproductor.
La metamorfosis artística de la holandesa parece ir en dirección contraria a lo que la industria dicta. Si en su primera incursión independiente optó por suavizar las formas, ahora el cuerpo le pide oscuridad. Jansen confesó que, al no pisar los escenarios con el grupo matriz, el instinto natural ha sido volver a endurecer su propuesta, dejando claro que fuera de sus fronteras natales nadie quiere verla jugando a ser una figura del pop. Su garganta se está adaptando a una crudeza inexplorada, adentrándose en terrenos ásperos donde los gritos dominan el panorama, una técnica que siempre le había llamado la atención pero que hasta ahora no se había atrevido a exprimir al máximo.
El contraste entre el hermetismo de su conjunto principal y su proyecto personal resulta abismal. Mientras los gigantes nórdicos mantienen una barrera mística, gélida e inalcanzable de cara al público y la prensa, ella prefiere meterse bajo la piel de los oyentes. Floor sabe perfectamente que las redes sociales son un estercolero tóxico donde cualquiera puede acabar siendo despedazado por las teclas de un cobarde anónimo, por lo que aplica un filtro absoluto: lee únicamente aquello que aporta valor y esquiva la basura digital. Las historias íntimas de sus seguidores, esas narrativas donde una melodía salvó a alguien en su peor momento, son el combustible real que la empuja a seguir experimentando.
Esa misma convicción es la que utiliza para abordar el estado del talento femenino en la escena actual. Como madre de dos niñas y veterana de las tablas, la cantante no traga con los discursos vacíos del Día Internacional de la Mujer. Reivindica una igualdad palpable y auténtica, no un eslogan barato de papel, esperando que su pura presencia enérgica sobre el entarimado sirva como chispa para que las nuevas generaciones entiendan que el terreno también les pertenece. Al final, para entender esta subcultura no hace falta preguntarle a ChatGPT ni buscar tutoriales; el género te agarra por las entrañas o te deja completamente indiferente, y a la carismática líder, definitivamente, nunca la ha soltado.
A esperar sentados a que los escandinavos den señales de vida, que mientras ellos meditan en el bosque, la jefa ya está afilando la voz para comerse el mundo sola y sin pedir permiso a nadie.