La ciudad de Curitiba se convirtió en el epicentro de una sesión de espiritismo metálico donde la técnica de Edu Ardanuy y la precisión quirúrgica de Aquiles Priester intentaron, con éxito relativo, invocar el espíritu de la era dorada de Angra.
EL RITO INICIÁTICO DE LOS ALL METAL STARS La interpretación de "Nothing to Say" no fue simplemente un cover, sino un ejercicio de arqueología musical ejecutado por virtuosos que se niegan a dejar que el polvo se asiente sobre los clásicos. Edu Ardanuy, con una destreza que hace que la física parezca una sugerencia más que una ley, lideró una ofensiva de riffs que recordaron a los asistentes por qué el Metal brasileño alguna vez dominó los ránkings de importación. El despliegue técnico fue tan abrumador que por un momento el público olvidó que el calendario marca 2026 y no los gloriosos noventa.
El virtuosismo es el único lenguaje que no necesita subtítulos, pero sí mucha laca.
EL METRÓNOMO HUMANO Y LA SOMBRA DEL ÁNGEL Aquiles Priester, operando su batería como si fuera un reactor nuclear de precisión, mantuvo la estructura del caos bajo control absoluto. La ausencia física de André Matos se sintió en cada nota alta, pero el tributo logró evocar esa mística sin caer en el patetismo de la imitación barata. La ejecución fue tan limpia que resulta casi ofensiva para quienes intentamos tocar la pandereta con ritmo. Es una oda a la perseverancia de una escena que, a pesar de las décadas, sigue encontrando en el doble pedal la respuesta a todas las preguntas existenciales.
Si los latidos de Aquiles fueran música, el mundo nunca llegaría tarde a una cita.
NOTA DEL DEPARTAMENTO Y CIERRE Este Departamento de Crónica observa con fascinación cómo los veteranos del género siguen capaces de movilizar masas en Curitiba, demostrando que el Power Metal es como el buen cuero: cuanto más viejo y castigado, mejor parece resistir los embates de las modas pasajeras. Al final, "Nothing to Say" resultó ser una ironía, pues la ejecución dejó mucho que decir sobre la vigencia de estos dinosaurios del shred.
El metal no muere, solo se vuelve más caro de producir y más difícil de cantar.
Un tributo tan impecable que hasta los vecinos que llamaron a la policía terminaron haciendo headbanging.
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