Más del noventa por ciento de las llamas que devoran nuestros bosques nacen de la neurona distraída de alguien que decidió que el campo era su cenicero personal o el lugar idóneo para montar una parrilla furtiva en pleno agosto. Evitar que la naturaleza termine convertida en una pista de carbón requiere bastante menos magia y muchísimo más sentido común del que se despilfarra habitualmente.
La lección elemental arranca antes incluso de pisar la hierba. Arrojar una colilla por la ventanilla del vehículo es el billete directo para calcinar hectáreas en cuestión de minutos, exactamente igual que abandonar botellas o residuos en el matorral, donde el vidrio provoca un efecto lupa letal al concentrar los rayos del sol sobre la paja seca. Tampoco hace falta ser un lince para comprender que el tubo de escape y el catalizador de un coche alcanzan los seiscientos grados centígrados, por lo que aparcar sobre maleza seca en meses calurosos es prácticamente prender una mecha.
Si tienes una vivienda pegada a la masa forestal, la prevención no se deja a la suerte. Mantener una franja de seguridad despejada de maleza de al menos veinticinco metros alrededor de la casa representa el único freno real ante el avance de las llamas. Del mismo modo, las barbacoas fuera de zonas habilitadas, las herramientas que desprenden chispas y cualquier tipo de quema en días de calor apretado o viento racheado están totalmente fuera de juego si no quieres ver tu vecindario convertido en cenizas.
Cuando salta la voz de alarma y la humareda empieza a teñir el cielo, la reacción fría es la única que salva la piel. Llamar al teléfono de emergencias ciento doce en el segundo exacto en que detectes humo le gana minutos de oro a los brigadistas. Si la quema te sorprende en medio de la naturaleza, desplázate siempre en dirección perpendicular al viento o cuesta abajo, teniendo claro que el fuego asciende por las laderas a una velocidad endiablada debido a las corrientes térmicas. Intentar ganarle una carrera ladera arriba es una imprudencia absoluta.
Si la humareda aprieta, Tápate la boca y la nariz con un paño húmedo y camina agachado, buscando siempre las capas bajas donde se conserva el oxígeno. De quedar acorralado, lo sensato es buscar zonas sin vegetación, cauces de agua o terrenos que ya hayan ardido, o bien resguardarse dentro del vehículo con las ventanillas cerradas y la ventilación apagada. Cualquier objeto material se puede comprar de nuevo, pero la piel achicharrada no admite devoluciones.
Proteger la naturaleza es tan simple como dejar de actuar como un pirómano despistado y aplicar cuatro pautas de supervivencia básica antes de que el monte te enseñe por la vía rápida cómo quema la imprudencia.




