El invento este del AROW es básicamente un GPS para cotillas espaciales que te dice hasta los milímetros que se desvía la Orion de su ruta. Mientras tú estás aquí peleándote con el tráfico, estos tíos van a estar a miles de kilómetros flipando con el paisaje y rezando para que el soporte vital no decida tomarse un descanso. La gracia del asunto es ver si el cohete SLS, ese bicho gigante que escupe fuego como si no hubiera un mañana, es capaz de sacarlos de aquí sin que la gravedad nos juegue una mala pasada. Es ingeniería de la buena, de la que no falla cuando te estás jugando el pescuezo a una velocidad que fundiría cualquier radar de la nacional, todo para demostrar que volver a la Luna no es solo cosa de abuelos contando batallitas de los sesenta.
La peña se piensa que esto es un crucero de lujo, pero meterse ahí arriba es tenerlos muy bien puestos. Tienen que chequear que el escudo térmico no se convierta en ceniza cuando vuelvan a casa a 40.000 por hora, entrando en la atmósfera como una bola de fuego que dejaría en ridículo a cualquier meteorito de pacotilla. Es la previa necesaria, el examen final antes de que la peña empiece a montar chiringuitos en el polo sur de la Luna. Se juegan el tipo para que dentro de unos años ir allí sea tan normal como bajar a por el pan, aunque de momento, lo único que van a traer de vuelta son unas fotos espectaculares y la satisfacción de no haberse quedado flotando en el vacío eterno por un error de cálculo.
Si te parece que diez días dando vueltas en una lata es un planazo, es que no has probado a compartir baño con otros tres en gravedad cero.